El silencio

Una acción significativa que empleamos en la vida diaria, resulta difícil de entender en plenitud, por tener diversas maneras de interpretación.

La meditación, que ha sido una de las bases fundamentales para las ideologías orientales, y que en los tiempos modernos ha cobrado una inusitada popularidad, es un medio, a través del cual, se busca encontrar la trascendencia. En los tiempos de la ilustración, y más tarde, con pensadores como Schopenhauer, Hegel, Nietzsche, Sartre, Heidegger, y muchos otros, las doctrinas orientales y occidentales tuvieron un rencuentro. Es ahí donde el individuo se convierte en el eje del pensamiento, en contraste con los valores clásicos. En ellos predominaban las creencias sociales, tanto políticas, como religiosas. Por medio de la filosofía, desde el siglo XVII, se considera la individualidad del hombre sobre esas ideas tradicionales.

En los últimos cien años, la doctrina individualista acrecentó su fuerza, de manera que derivó en el postmodernismo, la cual es una tendencia filosófica en boga.
Las dificultades que tenemos para poder entendernos con otras personas han hecho, del silencio, una forma de concentración, que busca el encuentro de las percepciones y de la sensibilidad. En un mundo donde prevalece el individualismo, donde cada quien puede manifestar libremente sus verdades, el silencio resulta especialmente enriquecedor, pues permite escuchar.

De igual manera, el silencio permite realizar interpretaciones pertinentes de nuestro entorno, tanto subjetivas, como objetivas, las cuales son fundamentales para tomar decisiones. Por lo tanto, el silencio no sólo se convierte en una forma de trascendencia, sino en una estrategia para adquirir conocimientos, estrategia que derrochan las personas individualistas, que por desgracia, sólo piensan y hablan de sí mismos, dejando a un lado la riqueza del silencio y el arte de saber escuchar.

Por medio del silencio, muchas escuelas, principalmente las orientales, buscan que la mente logre poseer todo. Buscan el espacio, donde la profundidad de la reflexión, y la quietud, permitan tener una conciencia aguda. Desde ahí, piensan, se podrá encontrar lo más aparente de la mente, de los sentimientos, y de la afectividad que se pueda desarrollar.
Por medio del silencio profundo, también se pretende encontrar la paz, a tal grado, que en estos tiempos, muchas comunidades desean que en su hogar nada los disturbe: ni ruidos, ni llantos, ni ladridos. Es una especie de sepulcro, que en realidad, es imposible lograr, y menos ahora, que el mundo es como una colmena en donde todo revolotea.

La paz, por medio del silencio, sólo se podrá lograr en los momentos de reflexión, donde se encuentra uno, consigo mismo. A diferencia de las doctrinas orientales, esta paz se encuentra relacionada con todo lo que nos rodea, es decir, no sólo con nuestros semejantes, sino con toda la naturaleza.
Por medio de la individualidad y del subjetivismo, es decir, de nosotros mismos, se puede comulgar con el poder creador único, o Dios. Éste último se expresa a través de nuestro ser.

El efecto de filosofías como la de Kierkegaard, y de doctrinas orientales y occidentales modernas, dan como resultado, corrientes que sitúan al hombre como ser individual, por medio de la razón. La necesidad espiritual, es un modelo que no admite dudas, y está representado a través de toda la historia humana. La espiritualidad no es sólo individual, sino también social, por lo que el silencio, o la reflexión, sólo cubre una parte de nuestro ser. Como lo hemos mencionado anteriormente, de acuerdo a Ortega y Gasset, “yo soy yo y mi circunstancia, y si no la salvo a ella, no me salvo yo”.

El silencio se podría considerar como una forma de conocimiento, de paz, de reflexión, siempre y cuando no se olvide la integración del ser con el cosmos, la cual, fácilmente se puede apreciar como una realidad, ya que es imposible lograr una existencia plena sin participar de todo lo que nos rodea.

Es complicado aceptar que, a través del silencio, exista una manera factible de vivir de forma intensa. Sin embargo, del silencio se obtiene una extraordinaria capacidad de organización, porque la mente no tiene la capacidad para controlar todas las fuerzas internas y externas, que son parte de la vida. El mutismo nos concede la capacidad de reflexionar y descansar, para que podamos tomar las actitudes propias de interpretación, hacia lo que se nos presenta en cada momento, y a lo que influye en el razonamiento y en la conducta.
También resulta complicado pretender encontrar la verdad por medio del silencio, en un nivel superior del pensamiento, porque lo que enriquece la vida es el conjunto de relaciones que tenemos con los demás, lo cual permite que la mente pueda manifestar lo que se considera como cierto.

“Haz para tus palabras balanza y peso, y para tu boca puerta y cerrojo” (Ecuménico 28,29), o lo que decía Kierkegaard: “Los silenciosos son lo poco que nos queda de seres sometidos a dios”. De estas frases, se deduce que el silencio encuentra formas para llegar a la profundidad, para localizar todo lo grande y auténtico. Es por ello que las doctrinas orientales, y ahora las occidentales, han alcanzado gran popularidad, pues por medio del individualismo, se busca lograr la plenitud… el estado perfecto.

El silencio, sin restarle importancia, se debe conceptuar desde una forma más integral, donde el individuo y la sociedad no admitan separaciones. El mutis es ese instante que vivimos, para poder entender las inquietudes que produce nuestro pensamiento, y que a veces, no se puede realizar por la falta de comprensión. Así ha sido la constante del silencio a través de los tiempos del hombre.

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