El noviazgo en la actualidad

En estos tiempos no se demanda mucho compromiso para poder compartir un sentimiento. Por eso, ahora el noviazgo, no es parte fundamental de la sociedad. En el mundo individualista que estamos viviendo, resulta difícil que las parejas asuman obligaciones, tanto morales, como económicas, las cuales, a través de la historia, forman parte de la tradición.

En la modernidad, se busca la superación personal, la satisfacción individual, los bienes materiales, y el dinero. No se desean ataduras, sino la liberación que brinda la plenitud.
El noviazgo se presenta como algo fuera de contexto. Lo contrastante es que en el fondo, nadie puede vivir solamente concentrado en su individualidad. La necesidad de estar con otra persona es parte del instinto natural. Ahí, las pasiones se desbordan, y resulta peligroso que se asuma al egoísmo como una forma de vida.

Es importante adjudicarse la responsabilidad de la vida. Cometer errores, por no tener la disposición de compartir, ha llevado a la humanidad a optar por separaciones, divorcios, guerras, etc. Éstos parecen los recursos más fáciles de utilizar para solucionar los conflictos. La disolución de cualquier relación de pareja es el reflejo de la incapacidad para enfrentar los retos de la existencia.

Si se partiera de las circunstancias, que cada ser humano tiene, se podría buscar la convivencia que destruye la soledad. El noviazgo podría tomarse como un aprendizaje que dé cabida al respeto individual, a la búsqueda de los caminos que potencien las cualidades intrínsecas de cada ser, al compañerismo, al intento de amar y de comprometerse, no sólo con uno mismo, sino con el otro.

El noviazgo no representa, en sí mismo, la obligación de casarse. Es mejor considerarlo sólo como una forma de compartir que puede culminar en una familia, en una oportunidad de conocer a otra persona, y a uno mismo. El noviazgo puede ser diversión, baile, risa, alegría, atracción. Deberíamos otorgarle una revaloración, no como una imposición, sino como una expresión social de la vida.

Es gratificante recordar la juventud, y trasladarse en el tiempo, al momento en el que el noviazgo era una obligación social, donde no tener novio o novia equivalía, en el caso de los hombres, a dudar de su hombría y, en el de las mujeres, a una condena a la soltería eterna. Los novios de esas épocas se buscaban, se tomaban de la mano, bailaban muy cerca el uno del otro. El noviazgo se consideraba algo sagrado en el que existía una protección mutua, un compañerismo, un respeto que ahora resultaría exagerado. Los novios se frecuentaban casi todos los días, se familiarizaban.

El romanticismo se expresaba de diferentes maneras: cartas, serenatas, bailes, cine, todo con un afán de compartir, de ser novios, de besarse, de platicar, de verse a los ojos. Definitivamente, eran otros tiempos, que no son comparables a los de ahora.

La soledad individualista puede ser una actitud por la que se puede optar, pero se debe tener plena conciencia de lo que implica. Se renuncia, por voluntad propia, a las tradiciones humanas que fomentan la continuidad, las raíces, el tiempo juntos, los hijos, los nietos.

Es difícil entender que, en el presente, vivamos sumergidos en el subjetivismo, pero también es comprensible, porque ahora, los valores han decaído. Por eso, el noviazgo representa una invitación a conocer el mundo del otro, donde se pueda encontrar la riqueza que se encuentra en el amor.

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