Primavera

Cuando llega la primavera, lo primero que se me ocurre, es la aparición de un nuevo sol que llega con todo su esplendor. Los días fríos del invierno, se olvidan rápidamente, y se abren a una época en la que las flores nos presentan sus múltiples colores, y sus sedosos ropajes que dan belleza, no sólo a los campos, sino a los ojos que se regocijan por doquier. Los floreros habituales se transforman en el centro de una especie de ritual.

Ellos son los depositarios del amor, la belleza, la elegancia, sin olvidar que la alegría es la consecuencia del amor que se propaga en esta temporada. El clima templado nos aleja del barullo de las fiestas de diciembre, y nos conduce al reencuentro con el canto de los pájaros y el vuelo de las mariposas. En nosotros se produce la sensación de que la vida es bella, y por ello, vale la pena todo lo que se despliega ante nuestra vista. Aparece una agradable armonía en el vuelo de las aves que surcan los cielos.

Incluso en el mundo que nos ha tocado vivir, donde las construcciones urbanas han desplazado aquella desnudez sencilla que observamos en la naturaleza, se perpetúan las fiestas por las que se celebra el inicio de la primavera. Con ello se representa una, y otra vez, a lo largo de la historia, la esperanza de un nuevo amanecer a punto de descubrir sus secretos. Así se hace patente la juventud y yace en nuestras manos un año nuevo y renovado. Al canto de las aves, que regresan a formar sus nidos, se suman otros cantos: el de los hombres, el del viento nuevo, el de la gestación de la vida, que despiden a las reflexiones que albergamos en invierno. También olvidamos por momentos la oscuridad y la estación que simboliza la muerte: adiós invierno.

La vida nos da la oportunidad de que, por medio del conocimiento, seamos capaces de expresar nuestras interpretaciones del mundo, hasta lograr numerosas manifestaciones estéticas. Así, le otorgamos constancia a los valiosos esfuerzos que hacemos por sobrevivir. Una de esas maravillosas expresiones de conocimiento y belleza, ya que una de las formas de la belleza es el conocimiento, nos llega por el libro de Claude Leví-Strauss, El pensamiento salvaje.

En esta obra encontramos descripciones extraordinarias que relataron civilizaciones primitivas y que se mantienen vigentes por medio de sus herederos: hombres tribales que continúan en un estado de civilización incipiente, y que perpetúan un conocimiento milenario sobre la naturaleza. Estos herederos de las civilizaciones primitivas, mantuvieron el análisis de los fenómenos que acontecen en la tierra. Sus descripciones se aventuran, con precisión, a encontrar explicaciones tan sofisticadas para, por ejemplo, dar razón de los equinoccios. En el momento en el que se dio una explicación aceptable sobre estas manifestaciones, se simplificó la vida de los humanos. Debido a ello, los hombres primitivos comprendieron que, cuando el sol cruzaba el ecuador celeste, los días y las noches tenían la misma duración. Y esto ocurría durante dos épocas en el transcurso del año, así que se identificaron estas temporadas con los equinoccios. Esta palabra corresponde a la etimología equi, la cual define la igualdad, propia de los desplazamientos solares. El equinoccio de primavera da inicio a la estación cada 21 de marzo, horas más u horas menos.

Las interpretaciones que se han hecho, de este fenómeno cíclico, han aportado acercamientos a los primeros temas de la filosofía. Desde ese estado primitivo de la civilización, el acontecimiento cíclico del equinoccio, empezó a regir el curso de la vida del hombre. Así como el equinoccio representaba la distancia mínima en la que se encontraba el sol, los solsticios correspondían a la distancia máxima del ecuador celeste que ocupaba el astro regente del sistema. El conocimiento de estas variaciones, pudo hacerles entender que se trataba de dos ciclos diferentes. Así, uno de ellos marca el comienzo de la primavera y el del verano. Sin embargo, el movimiento de traslación terrestre, no hace que la estación de la primavera, como el de las otras estaciones, ocurra de manera simultánea en todas las regiones de la tierra. El caudal de conocimiento que se ha acumulado, a lo largo de siglos de estudio, han determinado condicionantes importantes para la raza humana. A partir de la alegría que contiene el comienzo de la primavera, sería importante traer a la memoria, las contribuciones que hicieron nuestros antepasados. Éstas son origen y fuente de muchas formas de pensamiento, que han marcado la conducta de los hombres a través del tiempo y de las estaciones.

Por otro lado, durante la juventud de muchos individuos, un sinnúmero de sucesos pueden volverse inolvidables, aquellos de carácter cultural y social, los cuales pueden ser relacionados con el inicio de la primavera. Por ejemplo, en el México de antaño, las reinas elegidas para el festejo del equinoccio primaveral, recorrían el Paseo de la Reforma en carros alegóricos, ataviados de flores, los cuales eran el referente directo de la alegría, la esperanza, el promisorio amanecer del amor, de la iluminación de una de las fuentes de vida: el cambio cíclico de la existencia en el planeta. La primavera también desata el deseo por realizar actividades que procuren la preservación de la naturaleza y que alimenten las esperanzas que se gestaron en el tiempo menguado de reflexión invernal. De alguna forma, cuando llegar la primavera, el mundo se vuelve loco.

La alegría que se vive en la época primaveral, permite además, que la sexualidad sea uno de los motivos constantes de celebración, por la que se puede llegar al extremo de la concupiscencia, en el que los hombres y las mujeres se vuelvan unos sibaritas. En la fiesta continua, el alcohol y la alegría se viven al máximo, o bien, se exalta el principio de la vida con prudencia e inteligencia.

A manera de conclusión, la primavera también significa una luz diversa que llega a nuestra existencia, porque el sol nos irradia con su energía, y trae consigo el sentimiento de esperanza que hace factible el amor. La luz primaveral invoca a la amistad y a una renovada mirada a quienes gobiernan el mundo: a los economistas y a los criminales. Es una luz que se desea y se torna en una ilusión para la vida, que se encuentra a punto de comenzar un nuevo ciclo.

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