No cabe la menor duda de que el mundo atraviesa por una crisis sin precedentes; el planeta está siendo destruido y esto conlleva la posible extinción de la especie humana. Es por ello imperativo crear un nuevo orden mundial para los retos del futuro.

Pero no será posible un nuevo orden mundial sin que definamos una ética para todos. Sin distingos sociales, religiosos, culturales o raciales, somos todos responsables del destino del mundo. Nada debería obstaculizar nuestra lucha juntos a favor de los que aún no han llegado, sin olvidar a los jóvenes y niños que desean vivir, que imploran oportunidades para abrirse camino en tiempos en los que nadie se entiende, en los que prevalece el individualismo a ultranza y no enfrentamos seriamente las implicaciones sociales que supone la mentira entre los hombres.

Las culturas caen cuando se sustentan en la pereza, en la indiferencia; cuando nuestras capacidades están reducidas al mínimo posible y no podemos logar nuestras metas. Las respuestas lógicas a esta actitud son la desconfianza a organizar el porvenir y el convencimiento de que no se posee la capacidad de unificar problemas para pensarlos y crear soluciones; pensar que no se puede ordenar el caos en que vivimos y que sólo podemos esperar el final, disfrutando únicamente el día a día.

Sin duda es necesaria una reconstrucción del pensamiento, asumiendo nuestro deseo de vivir para no bajar la guardia, buscando nuevos rumbos sin repetir las tristezas y depresiones del pasado. Hombres y mujeres necesitamos una reconsideración para tomar nuevas fuerzas y afrontar el futuro con dignidad, viéndolo como un horizonte de acción, de creación de una nueva forma de pensar, siendo responsables de nosotros mismos, incrementando las posibilidades de transformación, y asumiendo un mayor compromiso de acercamiento, de relación inmediata con el mundo y con aquellos que lo habitan.

Debemos reconocer, frente a la educación de la juventud en estos tiempos, que existe una desorientación en los valores; hemos perdido la confianza en las costumbres, tradiciones y leyes que durante mucho tiempo ejercieron influencia en la conducta humana y contaron con el respaldo de la religión, la política, la familia y en general de la sociedad. Esto ha provocado una crisis en las verdades que se consideraban inmutables, porque eran establecidas por dogmas religiosos, políticos o económicos. La gran provocación para esta profunda crisis en la que el hombre se encuentra sumergido, fue sin duda la muerte de Dios desde la filosofía, que ha cambiado el rumbo del pensar y ha abierto un horizonte nuevo para la humanidad.

El famoso parágrafo 125 de La gaya ciencia de Nietzsche, no sólo se refería al dios cristiano, sino primordialmente a romper con la imagen de los discursos jerárquicos o de poder que han permeado la historia de la humanidad, dejando a las periferias o a los subordinados sin posibilidad de ser vistos como humanos sino como máquinas de producción.

Se han vuelto endebles todos los sistemas rígidos con estructura totalitaria, en tanto que no soportan la introducción de elementos que pongan en tela de juicio su base. Hacen pensar que lo dicho –o impuesto– por los que ejercen el poder no puede ser visto desde otra perspectiva, no puede ser pensado o asimilado de otra forma en beneficio de todos.

Tampoco se debe desestimar la influencia de la sobre-valoración del dinero y la moda en un mundo en el que se ha hecho imprescindible la construcción de una estética del Yo, donde todo lo material se convierte en útil, olvidándose de atender los problemas con resonancias humanas para atacar la profunda crisis en que vivimos y que pone en peligro al planeta y a los seres humanos. La mayoría de nuestras relaciones son económicas, porque esperamos obtener una remuneración, para satisfacer nuestro ego, olvidando escuchar a los demás y a lo otro que nos rodea.

La propuesta de una ética para todos busca un cambio en la mentalidad de los hombres y las mujeres, con el fin de evitar guerras, miseria y surgimiento de figuras que continúen abusando de su poder sobre los que más carecen. Para lograr un cambio de esta envergadura, tenemos que empezar por encontrar los principios éticos que comparten las diferentes sociedades, incluyendo, por supuesto, las religiones. Necesitamos ver y escuchar lo que acontece y nos afecta, para asumir una actitud responsable frente al mundo. La responsabilidad exige hacerse cargo de lo que pasa a nuestro alrededor, respetando la perspectiva del otro y aceptando que todos nuestros actos conllevan consecuencias que afectan a los demás. Si continuamos pensando en nosotros mismos sin escucharlos, marginándolos hasta la desesperación, muchos de ellos se levantarán provocando lo que los medios de comunicación reportan constantemente: robos, asesinatos, e incluso lo que los estadounidenses llaman terrorismo y que no es otra cosa que una respuesta de odio contra quienes los han marginado y olvidado por vivir fuera de los discursos hegemónicos.

La vida, en cualquier circunstancia, se disfruta, no importando los sufrimientos que generalmente lleva; pero aún así no podemos olvidar que el mal se ha convertido en el gran problema de los hombres y las mujeres y que ha sido una constante a través de la historia. Se refleja en los rostros de la miseria, la corrupción, el narcotráfico, las mentiras de los políticos, economistas, sacerdotes y por desgracia muchas veces de los educadores que tienen en sus manos el futuro de la juventud. Se trata de ver y escuchar hacia el futuro, con la convicción de que ciertos acontecimientos sociales que nos afectan puedan encontrar solución o convocar acuerdos que contemplen las necesidades conjuntas de la humanidad, con propuestas donde todos tengamos voz. No podemos rendirnos a pesar de la severa crisis que enfrentamos. Antes de claudicar nuestros intentos por responder a los problemas que nos afectan, por el egoísmo en que estamos sumergidos, debemos pensar en las personas que educamos y el futuro del mundo.

Aunque parezca imposible que podamos compartir algún día valores éticos que nos unan, la sociedad en general reclama retomarlos y formar una responsabilidad social, a través de la herramienta que nos brinda la filosofía, que puede hacernos entender que somos responsables del sentido y del itinerario del mundo.

La filosofía que surge en el siglo XXI acepta, de alguna manera, la diversidad, la pluralidad, la complejidad, la incertidumbre, dejando a un lado los discursos dogmáticos, hegemónicos e invitándonos por lo tanto a la reflexión que puede originar una práctica común, donde la tarea cotidiana sea la búsqueda y el ejercicio de una libertad responsable, que nos lleve a uno de los principios éticos más anhelados: el respeto mutuo. Tenemos que partir de nuestra propia conciencia, atendiendo a nuestra capacidad para reflexionar sobre las posibilidades reales que tenemos para aportar a la construcción de una ética mundial. Y esta es una tarea que tendremos que hacer entre todos.

Una práctica común como puede ser una ética mundial, se podría considerar pretenciosa y difícil de lograr; sin embargo no deja de ser imperiosa la exigencia que se nos presenta de reparar el cúmulo de tonterías que han originado la cada vez más cercana posibilidad de extinción de la raza humana. Nos urge a encontrar principios inquebrantables para el trato humano y social; como una nueva forma de actuar y pensar, respetando las diferencias que se presentan en la realidad cósmica, la armonía cultural y la apremiante necesidad de dialogar para lograr acuerdos que se reflejen en realidades que mejoren nuestras perspectivas. Estas pretensiones serán posibles a través de una educación global, continúa, garante de las bases de respeto que nos merecemos y comprometida con la conservación de la naturaleza y con los hombres y las mujeres de todos los rincones del mundo.

Tendremos que colocar a la ética en el rango de una obligación existencial interiorizada en nuestros actos, para afrontar todas las relaciones sociales. Hagamos que la ética mundial permita que todo trato humano y mundial pueda darse sin violencia, para conveniencia de todos, como resultado de nuestros diálogos. Y para enfrentarlos necesitamos tener el valor de mirar a los otros a los ojos para desearles paz, demostrarles que todavía hay una luz para vivir en el mundo y que podemos dejar un lugar mejor a nuestros hijos. Para lograrlo tenemos que hacer algo por los demás. Esto es posible y además necesario para conservar la vida y nuestra casa, el planeta Tierra.

No habrá paz entre naciones sin paz entre religiones; no habrá paz entre religiones sin diálogo; no habrá diálogo entre religiones sin normas mundiales éticas; no habrá supervivencia de nuestro globo sin una ética mundial. La ética exige su realización no sólo en ámbitos meramente académicos, teóricos, sino en aquellos que palpamos a diario sin que importe cualquier jerarquía preestablecida por las aulas o por las burocracias del pensamiento. Para la educación, en el trabajo, en la economía, en la empresa, en las prácticas sociales diarias, en el derecho, la ética se convertiría en la unión de todos para el beneficio de todos, porque su aplicación está centrada en el horizonte de la vida diaria y se dirige a todos aquellos que viven y actúan en el mundo.

Será necesario, para una ética mundial, asumir retos y lograr que las empresas, políticos, religiones e ideologías, concentren su atención en los movimientos que inciten el respeto mutuo. Llevar a la realidad, por medio de las leyes vigentes, las propuestas éticas para que en el mundo se transformen las relaciones con todos, pero sobre todo, con los que han carecido de oportunidades y sufren el sometimiento de los egoístas que sólo pueden actuar con individualismo y falta de interés por la comunidad y sus visiones unitarias. En estos tiempos se ha arraigado el egoísmo en nuestra sociedad. Por ello será necesario encontrar valores en la humanidad que surjan de preceptos y prácticas de las diferentes religiones del mundo y de la historia de la educación realizada por las diversas culturas. Se requiere de una visión de convivencia pacífica de los distintos pueblos, de los grupos étnicos y éticos y de las religiones, en pro de una responsabilidad común para con nuestro planeta y los seres humanos. Semejante visión se basa en esperanzas, objetivos, ideales, dimensiones todas ellas que muchos hombres diseminados por el ancho mundo han ido perdiendo. Se trata de tomar conciencia de lo que realmente podemos hacer por los demás y llevarlo a cabo. Debemos poner atención a todo lo que nos une, es decir a las finalidades comunes que nos engloban y no a las diferencias que nos separan. Una ética con estas características no pretende solucionar de frente los problemas mundiales, sino que exige cambiemos nuestra actitud, que transformemos nuestras formas de vivir diariamente, por medio de la acción.

Es necesario que creamos que esto es posible y que luchemos juntos por el diálogo y los acuerdos, porque una sociedad que pierde las esperanzas es una sociedad que ha muerto antes de que la maten.

El diálogo pone en el mundo el acontecimiento ético y responsable por excelencia, porque éste se da en la sociedad en el mismo momento en que el diálogo sucede. El diálogo es la actividad de comunicación que ha acompañado al hombre y a la mujer a través de la historia. Es la forma de tratar de entenderse entre unos y otros, con un sinnúmero de acuerdos, como símbolos, mitos, palabras, conceptos, lenguajes, constituciones, leyes, reglamentos, contratos etc. Sin embargo, pese al enorme trabajo que ha significado la construcción de sistemas de comunicación, los resultados históricos en general no han sido lo que las mayorías han querido, a pesar de los esfuerzos éticos de las religiones y las culturas. Los resultados reflejan pobreza extrema en las mayorías, y poder ejercido egoístamente por unos cuantos. Lo alarmante es que en estos tiempos se ha puesto al mundo en una situación agónica; el planeta está siendo destruido y los hombres y mujeres viven un temor constante. Todo esto es terrible para unos y otros.

Para transformar las perspectivas que se nos presentan, es necesario radicalizar el diálogo, pero no con un fusil, no con violencia, no con guerras, no con egoísmos, sino con colaboración, entendimiento y respecto, esperando los resultados que realmente ha anhelado la humanidad a través de la historia. Estos tienen que ser palpables, como en una empresa comercial, donde la utilidad es la finalidad, o como sucede con un deportista, que tras entrenar consigue la superación y los logros de su esfuerzo.

En la agenda de la humanidad no deben aparecer la pobreza, la inseguridad, la tristeza de las mayorías y la falta de oportunidades. Se requiere de muchas cosas, que deben ser la solución, el resultado de una convivencia pacífica donde la ética y la responsabilidad sean el camino para lograr los anhelos soñados. Dialogar no significa sólo hablar, si no escuchar también al otro, entenderlo desde donde habla, respetando su posición cultural, que no significa respetar sus caprichos. Cuando nos hablamos a nosotros mismos, entramos en un monólogo donde prepondera el individualismo y nos olvidamos de los demás. Hablando, hombres y mujeres comparten sus pensamientos, nos dan algo de ellos que no conocíamos y los otros, en el diálogo, deben escucharlo para comprender, conocer y concretar el propio diálogo y llegar a resultados generados por acuerdos. Un diálogo verdadero afirma las diferencias que nos muestra la naturaleza, el cosmos, en lugar de la violencia que significa el estar siempre preparados para sacar el mayor provecho de nuestra relaciones, en contra de afirmar el respeto que cada uno de nosotros merecemos. Al respetar a los demás nos mantenemos en una relación verdadera donde no se etiqueta a nadie, sino que nos integramos a todos.

La ley de oro señala que nadie puede tratar a los demás de la forma que no le gustaría ser tratado, porque no se puede olvidar el hecho de que no estamos solos y dependemos los unos de los otros.

Toda la humanidad es nuestra familia, no sólo quienes están cerca de nosotros y llevan nuestro apellido. Es por ello que tenemos que respetar la dignidad de las personas, respetando la vida de los otros.

Add Comment

Your email address will not be published. Required fields are marked *