Para poder opinar sobre cuestiones de economía y política, se sabe muy bien que es necesario cierto tipo de experiencia en el ámbito. Sea de manera teórica o práctica, las relaciones económico-globales a nivel mundial y las teorías económicas de tinte universitario exigen ser analizadas cuidadosamente. En temas de inversiones y dinero, seguramente haríamos más caso a un experto en economía mundial que a un teólogo; estaríamos atentos a las predicciones de un politólogo antes que a un revolucionario en temas de estrategias políticas globales. Ésas son las decisiones que esperamos frecuentemente. Lo que diremos en lo siguiente no violenta estas premisas. Creo que es sano hacer caso a aquel que «sabe» respecto de un tema de forma especializada, pero ¿qué pasará cuando demostremos que la condición contemporánea económica, junto a sus prácticas y desarrollos constantes, exige la integración de elementos nuevos para la lógica del capital mundial; que la imagen clásica de la economía –centrada únicamente en movimientos numéricos y cálculos accionarios– está superada por cuestiones que competen a las ciencias humanas? Esto será lo que demostraremos en lo siguiente desde el pensamiento del teólogo suizo Hans Küng. Un «nuevo orden económico» se vislumbra en el ocaso: la globalización, que necesita nuevas formas de análisis y exige nuevas actitudes.

La premisa principal de este trabajo es demostrar que tanto en el ámbito de la política, como en el de la economía, es necesario un nuevo «sentido de la responsabilidad», fruto de la insuperable presencia de las relaciones humanas en todos los ámbitos sociales. Para demostrarlo, hay que revisar las formas en las que se consolidan, en el imaginario colectivo, los modelos económicos y los principios básicos de la empresa, y eso lo haremos a través de una óptica global. El modelo económico al que haremos alusión y que nos indicará la necesidad de formular una ética global que pueda competir con las consecuencias negativas que el orden económico de hoy exige, es la globalización. A través de ellas, estaremos planteando el pensamiento de Küng como un enfrentamiento serio y real ante dicha problemática. En lo sucesivo, espero poderles transmitir las tesis más importantes de su pensamiento.

I. Basta de profetas desventurados

Ante la pérdida de esperanzas por alcanzar un futuro mejor, ante el cansancio constante, la poca filiación al esfuerzo y al trabajo, y un sinfín de muertes prematuras contemporáneas, las esperanzas de algunos hombres y mujeres de hoy para la mejoría del mundo son casi un cuento para niños que ya no gustamos de escuchar. El valor de la economía ha transformado las relaciones sociales y las formas de relaciones culturales. Podemos testimoniar que un producto puede conquistar un mercado que antes le era inaccesible, que las comunicaciones han minimizado las distancias y que esto ha originado que podamos encontrarnos en países y culturas diferentes en muy poco tiempo. Por el momento, nadie ha podido dar respuesta hacia dónde se dirigen las nuevas formas de capitalización, no sabemos qué consecuencias traerá el hecho de que podamos estar tan cerca del mundo y de sus habitantes en tan poco tiempo. Las fronteras han sido reducidas a raíz del poder económico y de la industrialización de los productos de consumo. Carecemos de una visión que nos induzca a seguir adelante para preservar consecuencias catastróficas, no estamos dispuestos a crear un ambiente de bienestar, que tanta falta nos hace; no podemos ver planes y estrategias sobrias, reales, que nos hagan pensar que las cosas pueden salir mejor. «Carecemos, en todos los sentidos, de una visión realista que ilumine el futuro».[1]

El problema que se nos presenta inmediatamente es que los políticos y los economistas actúan sin una visión global de sus acciones, lo que trae a colación que no puedan tener una visión integral de las consecuencias de sus actos y que las personas que experimentan sus efectos no logren vislumbrar el futuro que se les depara. Las acciones económico-políticas que nos rodean carecen de visión a futuro, de conciencia global, y esto es porque aquellos que están en representación de la política real y los grandes agentes de la economía global y de las finanzas, sólo nos ofrecen soluciones a mediano plazo, y muchas veces banales, de las que no podemos retomar información fidedigna y lo suficientemente fuerte como para penetrar en el mundo global de la repartición del dinero y del poder político. El desarrollo de la política global y la economía es sectorial: no habla para todos, sino para grupos específicos que se han logrado introducir en el devenir global, reproduciendo una ideología acumulativa, competitiva y emancipatoria. La competitividad corporativa prepara una selva inmensa en la que «pocos» podrán entrar para tomar decisiones de orden global. Por ello es que hay que hablar de soluciones, no de planeaciones estructurales, pues son cosas totalmente distintas y cada una tiene sus propias consecuencias.

Generalmente, las visiones de los politólogos y de los economistas olvidan los problemas verdaderamente urgentes en los países para los que hablan y opinan, sus visiones son estructurales y se mantienen en medio de nociones que pertenecen a un mercado específico y a ciertos grupos muy bien constituidos y protegidos. No es posible que los presidentes sigan creyendo que un programa de gobierno, de reestructuración económica, funcione con las mismas premisas que hacen funcionar a la política económica externa, y de ahí intenten calcarlas para su política interior. La incompatibilidad de modelos económicos globales no depende de las naciones que importan o exportan productos, sino de los individuos que las hacen o no funcionales. Los contextos y exigencias de mercado no son los mismos. Así, hay también una incapacidad por parte de los gobiernos de ofrecernos alternativas que sean incluyentes y en las que no se resientan de maneras tan dispares los resultados del movimiento económico que se lanza al mercado y por el que se va a optar. Carecemos, en muchos ámbitos, de visiones, de perspectivas a largo plazo en las que se incluyan a las clases desprotegidas.

La propuesta de Hans Küng sobre la economía global subraya que hay una dimensión ética inherente al proceso económico que conocemos como globalización. Los síntomas de este enlace son los siguientes:

  1. Mientras que para algunos, la globalización es una esperanza, para otros es un terrible horror.
  2. Somos testigos de que la economía global se entrelaza cada vez más, se cohesiona y se transforma en formas imperiosas.
  3.  Hay una apertura hacia nuevos mercados por parte de China y de los países del antiguo bloque soviético.
  4. La creación de nuevos mercados de competencia internacional ha abierto la oferta de productos nuevos para culturas que les eran lejanas, se han abierto nuevas formas de trabajo y nuevas formas de comunicación que han provocado mayores niveles de competitividad y mayores tasas de desempleo en los países industrializados.
  5. La caída de la URSS, en los años 90, ha caracterizado una transformación en los procesos de globalización internacional.

La pregunta que se plantea Küng es la que cuestiona por el porvenir del trabajo, es decir, estamos en un presente donde el flujo de capital es global, pero donde aún se logra ubicar al mercado laboral; ¿qué pasará cuando esto también sea globalizado?

Decía Karl Marx que el proceso de trabajo es la manera fundamental de hominizar al hombre que es en los procesos de intercambio donde los hombres se dan cuenta que tanto pertenecen naturalmente a la sociedad, es decir, que los procesos de trabajo son intrínsecamente inseparables de la presencia de personas que cambian sus horas de trabajo por dinero. A cambio del trabajo remunerado, los obreros ofrecen su mano de obra y la producción del producto que entra a la competencia económica. Hay un intercambio en el proceso económico que involucra a las personas, de ahí que la cuestión ética y la económica sean inseparables. Actualmente, esta relación es menos perceptible, pues la globalización económica ha incrementado y exigido que los medios para la producción también tomen esta vía, lo que ha obligado a una globalización tecnológica traducida en la informática y la telecomunicación. Las relaciones personales se ven ensombrecidas por la tecnología, y las responsabilidades que se deberían tener para con los hombres, ahora han sido preservadas para la industria. Ante esta nueva forma de presenciar las relaciones de producción, las relaciones interpersonales toman un perfil distinto, pues ya no son inmediatas, sino que se encuentran mediadas por las planeaciones estratégicas. ¿Pero qué tanto tiempo puede una empresa fingir que puede actuar sin tomar en cuenta a la población y al medio ambiente? Recordemos lo que le pasó a una empresa del tamaño de Shell, a finales de los noventas, por olvidar estos rubros: sus sanciones fueron inmensas en temas tales como la contaminación y la explotación salarial. Contemporáneamente, las industrias químicas de Basilea cuidan sus desechos y tienen programas para el cuidado del medio ambiente. No hay empresa que prospere si no tiene en cuenta su compromiso con el medio ambiente; no sólo en lo legal, sino a nivel ambiental, la exigencia es imperativa. De aquí que la necesidad de programas de concientización de las relaciones que mantenemos con el entorno en el que desarrollamos nuestros negocios, el cuidado del medio ambiente y de nuestros empleados no sea un gasto, sino una inversión para el bienestar global. Esta conciencia por el horizonte traduce la funcionabilidad de toda empresa, pues al mantener el ambiente de trabajo y de desarrollo económico en una esfera de salud, los contratiempos que se nos pudieran presentar por carecer de atención no serían un obstáculo que se manifestara constantemente. La empresa está haciendo las cosas bien, pues tiene en el foco el bienestar general.

Así, en niveles particulares, la empresa está comprometida con el desarrollo libre del trabajador. Las normas éticas sirven de ayuda para la industria en la que se encuentra. Pueden remitirse a ellas cuando no quieren ser partícipes de actos de corrupción o de engaño, por lo que hay que mostrar cómo estas actitudes no son rentables para ninguna empresa.

“Si sólo realizamos una globalización de la economía, de la tecnología y de la comunicación, y no tenemos también en cuenta una globalización de la ética, no tendremos ninguna seguridad de que todo ello no revierta en daño para la humanidad”.

La visión clásica o conservadora que tenemos de la empresa es la que sostiene que toda industria está concentrada en producir mayores ganancias a partir de bajas inversiones y menores gastos. A través de un análisis de la idea de globalización, Küng ha logrado descifrar el perfil de las empresas contemporáneas: éstas no sólo tienen en cuenta el desarrollo económico de la propia empresa, sino que se concentran en desarrollar lo que Küng llama «capital humano», que significa tener una visión de inclusión.

Esta discusión se inició con empresarios en la ciudad de Baden-Baden en marzo de 2001, en el coloquio intitulado «Empresa global y ética global», en el que se mostró el camino que las empresas preparadas para la economía global tendrían que seguir para ser competitivas y para ser concientes de los cambios que el mundo exige. Según Küng, una empresa es verdaderamente moderna cuando opera de manera tal que los «stakeholders» son un componente primordial en la lógica de su operatividad.

Según muchas intervenciones de diferentes empresarios americanos y europeos, el punto de vista donde las empresas estaban concentradas sólo en el modelo «shareholder value» –donde las ganancias que produce la empresa sólo son para los accionistas– está superada, y esto es evidente cuando tomamos en cuenta que las relaciones de las que una empresa se afianza están concentradas y son posibles únicamente por personas. El camino de la nueva empresa es el concentrarse en las relaciones personales y hacer saber a cada individuo que ha dejado de ser un simple «empleado» para convertirse en parte integrante de una estructura integral, y que es tan necesario, como el dinero que hace funcionar a la empresa en términos competitivos. Es así que no sólo la competencia económica hace de una empresa una compañía exitosa, sino también el reconocer que quienes nos acompañan en esto son «personas». Por ello es que la economía es indisociable de la ética, no es posible que pensemos que son cosas difíciles de asociar; si lo hacemos, entonces no tomamos en cuenta que las acciones que se ejercen allí son hechas por «alguien» que pertenece al ámbito de lo humano, no al ámbito de lo económico y cuantificable.

Los efectos de la globalización se encuentran desarrollados en diferentes órdenes; algunos reciben beneficios de ella, mientras que otros han sido obligados a llegar a la bancarrota. Esto funciona así dentro de la esfera económica alta. Por otro lado, unos tantos más comenzaron odiándola y han sido beneficiados indirectamente por ella, mientras que otro tipo de sociedad que la odió, hoy tiene mayores razones para continuar haciéndolo. Pero hay un sector social que no ha sido incluido aquí: el que no tiene las posibilidades tecnológicas para entrar en este círculo de reconocimiento. Muchos han sido totalmente desplazados del llamado «nuevo orden mundial», porque las necesidades laborales exigen conocimientos especializados…, conocimientos con los que no cuentan. La nueva distribución del trabajo no ha sido globalizada, pues éste es un fenómeno que no impacta a toda la población como lo haría el económico; lo hace sobre un sector específico y concreto que deja radicalmente afuera a las clases no privilegiadas, carentes de derechos e «incompetentes» para la transformación mundial. Por ello, también el trabajo debe ser globalizado, no sólo la economía, con lo que hemos llegado a la nueva formación de la empresa.

Una empresa que no está concentrada en sus ganancias, sino que retoma las potencialidades del capital humano que posee para incrementar el respeto entre sus «stakeholders», es una empresa que logrará enfrentar los retos de la globalización. La mejoría de las condiciones laborales y del trato humano que ello implica, supone la mejoría de la salud de la empresa. Es así que a la llamada «producción empresarial» es posible agregarle dos premisas más que tienen la misma importancia: el compromiso de cuidar responsablemente las relaciones sociales, que en toda empresa son necesarias, y el compromiso humano de preservar el medio ambiente en el que nos encontramos.

Al lograr que la empresa trabaje poniendo empeño en un enfoque social (respeto mutuo, orden laboral, respeto a los derechos del trabajador, de la mujer, etcétera), también logrará dar el paso para el siglo xxi. Ante la globalización económica, es imperativa una globalización ética. Una de las funciones de esta actitud ética es que se puede recurrir a ella cuando no se prefiere hacerles daño o mal a los demás. Ni la corrupción ni el engaño son actitudes y acciones rentables a largo plazo para una empresa, como nos demuestra Küng a lo largo de sus textos sobre el tema. Esta elección de lo bueno y conveniente para la empresa, que no es un reglamento estricto, sino un quehacer constante, está apto para soportar los cambios que la nueva era de relaciones laborales exige. Es decir, vemos diariamente que los equipos de trabajo están diseñados para tener movilidad y para adaptarse a los cambios que el crecimiento de la empresa demanda. Es por esto que para Küng:

“Hay que reflexionar si no deberíamos liberalizar de algún modo el mercado de trabajo, regulado tan estrictamente entre nosotros, de igual modo que ha sucedido en otros países, aunque a veces ello resulte incómodo para cierta gente cómoda. En esta economía en rápido desarrollo, se requiere una nueva y constante adaptación. Cuando una empresa no crea esta flexibilidad, se pone en peligro. Y cuando una nación en su conjunto no se esfuerza, se pone igualmente en peligro”.[2]

La presencia de la movilidad, la conciencia de que hay la necesidad de adaptarse a los esquemas y las exigencias emergentes, es una realidad a la cual no se puede renunciar. No hay una sola forma de persistencia en el mercado, y esto no es realidad porque las empresas cambien por sí mismas, lo es porque las personas provocan estos movimientos. Las necesidades, deseos y consumos son diferentes y hacia ellos tienen que dirigirse las transformaciones de cada empresa, si quiere seguir con vida en el campo laboral. Hay una necesidad de cambio permanente, por lo que es necesario hablar de una conducta de la empresa sin entenderla como un esquema cerrado; al contrario, es necesario un esquema abierto que tenga conscientemente contenidos valorativos que no sean administrados únicamente por alguna institución. Para Küng, una ética global deberá comenzar por el reconocimiento de los valores y de los fundamentos religiosos que tengan pretensiones vinculantes.

II. Una ética global es una ética realista

Decíamos desde el inicio de este trabajo, que era necesario fundamentar nuestras obligaciones éticas en casos reales y de composición general, para evitar esos llamados melancólicos a la rendición y al aburrimiento. No hay nada más peligroso y deshonroso entre los hombres que quedarse a observar que las cosas andan mal sin hacer nada por remediarlo. Por ello, nos vemos obligados a realizar un análisis de la globalización contemporánea, para establecer los paradigmas que una ética de orden global tiene que enfrentar para efectuarse.
Generalmente, se entiende que la globalización es el proceso en el que los mercados se interrelacionan de manera más dinámica, debido al movimiento de capitales y tecnologías a nivel mundial. A la globalización económica le sucede una globalización tecnológica. Se abre así una complicación: si la globalización es un cambio tan incesante al que resultaría difícil percibir en su totalidad, entonces ¿cómo pensar este cambio desde una óptica múltiple y desde una superficie ética? Intentaré aclarar esta dificultad.

Sabemos históricamente que los resultados de la Primera Guerra Mundial fueron la expansión económica y el policentrismo. Estos cambios radicales que resuenan en las prácticas sociales, culturales y científicas son llamadas por Küng –en una clara adhesión al pensamiento de Thomas Samuel Kuhn– «cambios de paradigmas». Es decir, la navegación aérea, el teléfono y el sistema moderno de financiación fueron elementos que influenciaron en la transformación de mundo, tanto en sus relaciones geográficas como en la forma en la que se explicaban la imagen del mundo. Uno de los impactos más importantes respecto de la revolución mundial de las estructuras económicas, fue el paso de la economía nacional a la global. El mercado, la producción, el capital y la tecnología cada vez estaban menos separados y tenían menos fronteras. De aquí que el capital, las empresas, etc., comenzaran a tener un impacto global. Imaginemos ahora cómo están relacionados todos estos elementos cuando la globalización a la que enfrentamos hoy en día es un fenómeno con una historia tan basta y con tecnologías tan avanzadas, que difícilmente una reflexión está preparada para alcanzarla.
No somos inocentes, no es posible retroceder ante tal fenómeno; intentar disimular su realidad no es una salida a los problemas que plantea su manifestación. La globalización que hoy nos envuelve se trata de una transformación de la estructura interna de los países industrializados y de una nueva forma de distribución del capital, la información, la tecnología y las acciones. Esto implica que las competencias entre las naciones no están inscritas en un círculo cerrado, sino que tienen que abrirse para la libre competencia mundial. Renunciar a la apertura en el campo económico mundial supone estar dispuesto a rezagarse ante otros países. Una economía de tercera clase es una economía cerrada que ha renunciado al movimiento del desarrollo global.

Ante esta exigencia a la apertura, Küng nos dice:

“No sólo los países industrializados tienen posibilidades totalmente nuevas, sino también los países en vías de desarrollo y en los umbrales del desarrollo. Ingresan con una atrayente oferta en los mercados mundiales (con mano de obra frecuentemente bien calificada) y ponen en peligro los viejos mercados, que van perdiendo puestos laborales. El sudeste asiático elevaba en dos decenios su participación en la exportación mundial de 4% a 12%, y China alcanzaba 11% sólo en el año 1995; los países en vías de desarrollo comercializaban hace dos años todavía 34%, mientras que ahora alcanzan ya 40% del producto social del mundo.”[3]

Se abren posibilidades nuevas de crecimiento global, que bien utilizadas podrían ayudar a que el orden mundial que se avecina sea conveniente para todo tipo de orden económico nacional. ¿Qué es lo que impide que una ilimitada economía global esté al servicio de todos? Sabemos que en ello se interrelacionan personas, dotaciones y financiación, ¿por qué las importaciones y exportaciones tienen que estar basadas en el rendimiento de mayores insumos? Los proyectos científicos de ayuda humana como la medicina –dispuestos para la salud– pueden ser mucho más baratos de lo que se presentan frecuentemente. La idea de un orden ético global es la de aplicar las ideas para la utilización de los procedimientos burocráticos de la industria dirigidos al bienestar de la sociedad en general. Podemos comenzar por el acceso a la ciencia y a la información global.

Pero antes de seguir con nuestra intervención, debemos atender la realidad de las consecuencias negativas que el capitalismo implica, que son esencialmente las siguientes:

  1. La interacción global no es general.
  2. La mano de obra barata es conveniente para un sector específico, mientras que es, a su vez, dañino para otro.
  3. La industrialización agraria es perjudicial para el campesino.
  4. La influencia de los «global players» financieros por encima de la fuerza política nacional.
  5. La relación de empresas (down-sizing) y el desplazamiento (outsourcing) de puestos de trabajo a países de mano de obra barata ha ocasionado un sinnúmero de despidos.
  6. El decremento de los impuestos de las empresas de proyección global ha afectado a la mino y pequeño empresa, y por adición, a las clases más bajas.
  7. Hay una extensión global de problemas ecológicos.
  8. La globalización económico-tecnológica ha originado la globalización del crimen organizado.

Todas estas consecuencias negativas de los elementos que ha originado la globalización, indican la forma en la que han sido utilizados por los hombres. Aunque sabemos que este orden económico mundial nos llevará a un efecto impredecible, también estamos en la posibilidad de prever consecuencias concretas, cuando ubicamos en dónde es que se concentran los poderes económicos. Por principio, debemos desaparecer elementos mixtificados, es decir, prescindir de la idea de que la economía es siempre una misma y estable empresa. Karl Marx ha demostrado que ninguno de los fenómenos económicos es un proceso natural, lo que indica que, finalmente, son fenómenos gobernables, en tanto que la misma economía no se trata únicamente de dinero, sino de la sociedad en su conjunto, de problemas de amplia influencia –política, nacional y global–, y por lo tanto, de cuestiones éticas. De aquí concluimos entonces que:

“El mismo fenómeno de la globalización económica evidencia que también en lo ético se impone la globalización”.[4]

Pero seguramente nos preguntamos, tenemos que hacerlo, cómo podríamos instaurar la paz y el respeto en medio del ámbito hostil y competitivo de la empresa y la economía. Ante esto, Küng responde de la siguiente manera:

“Hace falta una reflexión sobre un minimum necesario con respecto a determinados roles éticos, reglas y actitudes fundamentales a las que puedan obligarse todas las naciones y todos los grupos de intereses, empresarios y trabajadores”.[5]

Difícil tarea la que nos hemos dado a resolver en tan poco espacio. Pero podemos concluir hasta aquí ciertas cosas que nos ayudarán a avanzar a nuestra investigación. Lo importante es saber cómo se relacionan los problemas económicos con los sociales y los éticos. A lo que daremos la siguiente respuesta:

  1.  La globalización económica y tecnológica exige una orientación global que únicamente funcionará mediante una política global.
  2. La economía, la tecnología y la política –en tanto que son globales– no están exentas del trato humano, por lo que necesitan una fundamentación a través de una ética mundial.
  3. De aquí que concluimos sin temor que la política mundial y la economía mundial exijan una ética mundial.

No podemos hacer caso omiso de la presencia de la sociedad en el ámbito económico y tecnológico. Esto no es un problema para la economía, es una necesidad irrenunciable y, a su vez, demuestra que:

  1. Los seres humanos no sólo actúan de acuerdo con máximas de racionalidad económica.
  2. Sus logros no sólo son determinados por intereses materiales y su resorte no lo constituye únicamente la pulsión de intercambio.
  3.  No todas las necesidades del hombre pueden satisfacerse con los productos de la economía.
  4. No revierte en beneficios de todos el que cada uno persiga sus propios intereses.
  5. Para su bienestar, buena convivencia y felicidad, los seres humanos (también los economistas) necesitan constantemente y en todas partes algo más que la simple economía de mercado.[6]

Cuando sacamos a la superficie estos saberes que la economía clásica había marginado, nos damos cuenta de la primacía que tiene la ética frente a la economía y la política, y ello se evidencia aún más cuando recordamos que los momentos de bienestar más fuertes en nuestra vida han sido ante la presencia de la paz y el amor.

[1] Hans Küng. Una ética mundial para la economía y la política. México: FCE, 2000. p. 9.
[2] Ibid., p. 122.
[3] Ibid., p. 223.
[4] Ibid., p. 231.
[5] Ibid., p. 232.
[6] Ibid., p. 288.

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