Debido a las condiciones políticas que hoy nos rodean, a la repartición de la riqueza, a la ininteligible mala repartición del mal en el mundo y a las diversas creencias religiosas, es necesaria una ética mundial que reconfigure nuestras diferencias y contenga una superficie tan poderosa, que pueda sostenerlas para hacer que subsistan entre ellas. Es necesario encontrar un dispositivo preparado para unificar las diversidades sin violentarlas o llevarlas a su desaparición. Imaginemos, por un momento, que un país de Primer Mundo como EU sufra constantemente ataques como los que reciben países como África, Arabia o las clases menos favorecidas de América Latina. Seguramente nos costaría trabajo pensar que un alumno de Harvard o Yale se encuentra preocupado por el dominio del saber, o por la colonización de territorios minoritarios que no tienen defensa alguna en las instituciones mundiales; su educación y su contexto social y político le han enseñado a tener en cuenta otras preocupaciones. Estos estilos de vida se encuentran tan separados, que muchas veces ni siquiera saben que existen otras formas de vida; a los primeros les enseñan a manejarse dentro del sistema capitalista mundial, los segundos aprenden solos a sobrevivir. Usted sabe que no es lo mismo ser de Estados Unidos, de Francia, Alemania o Inglaterra, a ser habitante de Venezuela, México, Bolivia o Argentina, y mucho menos de Oriente, de Irak, Kuwait o Tanzania. Las condiciones políticas, religiosas, económicas y sociales son distintas, las preocupaciones son diferentes y todo ello elimina las posibilidades de tener algunas preocupaciones que le pertenecen a otras geografías, pues constantemente pensamos que por no haber visto tales cosas, es sumamente seguro que no existen. Pero en realidad no es así.

Así como no es lo mismo ser árabe, musulmán, judío, cristiano o bhagavad-gita, no es lo mismo vivir en la opulencia que hacerlo en la indiferencia constante. Para que el mundo pueda subsistir, es necesario que veamos por los demás, tratando de ayudarlos en lo que podamos y pensando que el mundo puede ser mejor cada día. Sé que es difícil subirse a las espaldas estas afirmaciones pero nadie nos puede asegurar que vivir sea fácil. Lo que se desprende de aquí es que la indiferencia no es el camino, ya que con ella sólo alimentamos el rencor y justificamos las distancias entre las clases sociales. El camino es la acción y la justicia, el bienestar y la conciencia global.

En las diferencias que se expresan entre los habitantes del mundo y en las constantes separaciones a las que nos obliga la propiedad y la pertenencia, se crean muchas formas de dominio y violencia. No podemos negar, si nos ponemos a reflexionar en ello, que el poder de unos países sobre otros es cosa verdadera y que algunas religiones están a punto de desaparecer, que muchos odian a los demás sin siquiera saber sobre ellos, y que todo esto nos pone a la orilla de la destrucción mutua. Debido a estas razones, que son palpables, que podemos percibirlas (si no es que ya lo hemos hecho o que las hemos vivido a través de alguna forma de violencia), necesitamos una Ética Mundial preparada para el siglo XXI, que pueda mirar los retos que el presente nos impone y confrontarlos con sobriedad y fuerza.

La necesidad de una Ética Mundial surge de la falta de un saber orientativo que nos muestre formas posibles del trato humano, de manera que es una especie de conciencia espiritual que pretende elaborar y ordenar las formas comunes para así lograr la sobrevivencia, el respeto mutuo y la convivencia mundial. La paz mundial es posible si logramos la paz religiosa, la paz religiosa es posible cuando logremos poner en diálogo a las religiones y un diálogo entre religiones es posible cuando logremos ser responsables por los demás.

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