En los tiempos que vive el hombre contemporáneo prevalece una situación caótica, llena de incertidumbre, debido a la pérdida de los valores tradicionales, hechos hoy añicos, haciendo que el camino de la vida resulte más difícil y que el futuro de la familia, del trabajo y de la sociedad en general, se vislumbre complejo y poco alentador ante los peligros que lo amenazan. No podernos entender como humanos civilizados nos alerta a reflexionar sobre las formas de contrarrestar este nihilismo, o sea, la nada que pernea las sociedades del mundo.

Al desvanecerse la fuerza vinculante de las diversas morales que han marcado pautas normativas en las sociedades, referencias tradicionales como los mitos, los dioses, las verdades trascendentales y en general los valores como el respeto, la confianza, el no matarás, no hagas a los demás lo que no te guste que te hagan a ti y tantos otros que de una u otra forma han unido a la humanidad, nos encontramos en la disyuntiva entre seguir por este camino donde la nada prevalece, poniendo en peligro a todos los seres vivos y el planeta, la casa de todos, o comprometernos a buscar una nueva forma de pensar que nos dé un sentido para conservar la vida y nuestro hábitat.

El nihilismo que se practica en el Siglo XXI nos hace conscientes del desencanto en que nos encontramos ante la situación del mundo y de nuestras propias vidas, en el que sabemos que nos hemos alejado de nuestras raíces o primeros principios, encontrándonos sin rumbo en un mar tempestuoso lleno de peligros, donde han caído las ideologías, los dogmas, la importancia de los discursos hegemónicos y en general la fragmentación de los valores, colocándonos en una posición crítica ante los desafíos del presente.

A través de la historia, cuando la humanidad se ha visto en el peligro que pudiera significar el nihilismo negativo, se ha demandado el auxilio de la ética, algo que también está sucediendo en estos tiempos en la sociedad moderna. La ética se convierte en una herramienta aparentemente milagrosa para reencontrar el camino entre los humanos, de tal suerte que es fácil constatar las variadas propuestas éticas que los pensadores han puesto a consideración de la gente. Hacia fines del Siglo XVI, Justo Lipsio difunde el estoicismo con el que debe vivir cada individuo, también se dan a conocer las éticas de los grandes moralistas como Baltasar Gracián, Pascal, la Rochefoucauld y Kant con la crítica de la razón práctica, y en nuestros días con la ética de los valores mínimos que han aportado todas las religiones, propuesta por Hans  Küng. Ante este desafío ético que se nos presenta de cara al futuro, tenemos la oportunidad de reflexionar sobre una ética unificadora en beneficio de todos los seres humanos, partiendo de un nihilismo responsable que nos permita retomar el sentido de la vida y la búsqueda de un bienestar general.

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