Todos los aquí presentes somos conscientes de la crisis por la que atraviesa nuestro país, y el mundo en general. Pretender desatender esta situación sería irresponsable. Nuestro país no sólo está secuestrado por los delincuentes, quienes privan de la libertad a otros, sino también por muchos otros problemas como la violencia, la corrupción, el egoísmo, la falta de valores, los robos, fraudes y tantas maneras de hacer el mal que ponen en peligro nuestras vidas, nuestros bienes y la estabilidad que deseamos para todos.

En la historia de la humanidad, cuando una crisis pone en peligro la estabilidad social no podemos pretender que la ética se convierta en el discurso mágico que solucione todos los problemas; asimismo, es fácil comprobar que, a pesar de evocarlo de diversas formas, el mero discurso no resuelve los problemas humanos, por el contrario, parece que con el tiempo se han agravado a nivel mundial.

Pero no podemos culpar a la ética ya que es un conocimiento privilegiado cuya labor es justamente conseguir lo inverso: buscar la forma de entendernos entre unos y otros, un trabajo milenario que ha sido realizado por hombres y mujeres a lo largo de la historia a través de la filosofía, la teología y las culturas.

Hoy, y desde hace ya tiempo, se habla en México y en el mundo de ética y responsabilidad; son conceptos que todos quieren escuchar ante la crisis existencial que, de una u otra forma, todos padecemos: la incertidumbre de la vida y el cúmulo de irresponsabilidades que ponen en peligro a la humanidad.

Es algo común escuchar sobre la existencia de muchas éticas: de los ingenieros, empresarios, políticos, economistas, las que provienen de las religiones e incluso el extremo de las éticas particulares.

>Esta fragmentación de la ética crea en la sociedad un desconocimiento de los fundamentos básicos de este concepto humano y una educación distorsionada para la población. De ahí, la necesidad de darnos cuenta del papel que pueden desempeñar la universidad y las instituciones afines, para construir con fundamentos filosóficos los criterios éticos para los retos del presente y del futuro. Se necesita que la sociedad en general comprenda el alcance de la ética y la responsabilidad que cada miembro debe asumir.

Saber qué es realmente la ética es algo muy diferente y es mucho más difícil determinar la responsabilidad, no sólo de los empresarios –como muchas veces se pretende– sino la de todos, al ser parte de la sociedad y de los problemas que la aquejan.

Se habla de los desafíos modernos de las empresas aunque, en realidad, no corresponden sólo a ellas, sino a toda la sociedad, la cual debe pensar, responder y actuar ante la responsabilidad social por medio de una ética que afronte esos desafíos.

La empresa responsable debe tener conocimiento de la ética para entender el alcance de los retos que enfrenta su nivel de responsabilidad para con la sociedad, uniendo en una causa común la responsabilidad política, económica, religiosa y la de todos los miembros de la sociedad.

Las universidades y las instituciones afines se convierten en centros de investigación de la ética y la responsabilidad, para enfrentar el mundo en que vivimos y preocuparnos por los que aún no han llegado, asumiendo las siguientes propuestas:

  1. La creación del centro de responsabilidad social y ética
  2. La conformación de la red de responsabilidad social universitaria
  3. La creación de observatorios regionales de responsabilidad social universitaria
  4. La organización del encuentro anual de responsabilidad social y ética
  5. El acercamiento a organismos internacionales en esas materias como Global Compact de la ONU y la OCDE
  6. La fundación del Premio México sobre responsabilidad social.

Este premio será entregado cada año por el centro de responsabilidad social y ética de la ANUIES, donde la Universidad Autónoma del Estado de México es miembro y convocante del presente encuentro.

Con estas acciones, la universidad y las instituciones relacionadas buscan fomentar en México y para el mundo la reflexión de la ética y la responsabilidad social, más allá del cúmulo de éticas que no han logrado sus buenos propósitos, construyendo los fundamentos de una ética preparada para el siglo XXI. La academia y sus miembros podrán dar sus aportaciones humanistas no sólo a sus alumnos sino a toda la sociedad, rompiendo con una tradición milenaria que ha dejado sus ideales a favor de unos cuantos.

La importancia de una ética para todos frente a los retos del presente y del futuro.

La filosofía, desde épocas socráticas, ha sido la base de gran parte –si no es que de toda– la ideología teórico-práctica del hombre. Podemos identificar en el platonismo los cimientos del cristianismo, así como en el espíritu de gran parte de los preceptos religiosos la filosofía se hace presente a través de los conceptos con los cuales definimos nuestro mundo.

La filosofía es la base de toda práctica ontológica, de toda acción humana, sea consciente, filosóficamente hablando, o no; de una u otra manera, se está teniendo siempre un actuar filosófico, a pesar de que sea de forma inconsciente y automática.

Así, la madre de todas las ciencias, estará siempre presente a lo largo de nuestro existir cotidiano.   En este actuar filosófico el hombre ha delimitado su comportamiento con ciertos cánones, ya sean las religiones o las leyes. Ambas son inseparables de la filosofía y en cierto sentido, nos aventuramos a decir, son filosofía práctica. Sea como sea, la ética es la disciplina que está más cerca de esos cánones religiosos o legales y desde donde la filosofía ejerce una presencia explícita en el día a día de los seres humanos.

Pero en estos tiempos todavía cabe la pregunta ¿qué es la Ética?, sobre todo, frente a la gran pluralidad de éticas que han existido en la historia y que se tratan de practicar en la actualidad. Si nos remontamos a las raíces etimológicas de la palabra, debemos saber que proviene de ethos y que uno de sus significados es morada: la ética sería la morada interna que nos enseña el modo, la forma de asumir el mundo y asumirnos en él, la conciencia de asumir lo otro como parte de nuestra realidad.

Es nuestra responsabilidad el aceptarnos junto con lo otro como conformación de una entera realidad propia y ajena; ser para el Otro, dirá Lévinas –así, con mayúscula, porque no sólo se refiere a otras personas, sino a todo lo que nos rodea, incluyendo nuestro hábitat. Somos parte de nuestro mundo y formamos parte de otros.

En esta fragmentación del mundo aparecen diversas realidades y, precisamente, en esta pluralidad étnica, racial, social y económica es urgente encontrar una voz que convoque al diálogo y, más aún, a la radicalización del diálogo, no por medio de las armas o con imperativos categóricos, sino con la necesidad que tenemos los seres humanos de buscar resultados concretos a favor de todos y no sólo de unos cuantos, ante la impronta de la crisis que padecemos y que está poniendo en peligro a la humanidad, con respuestas unificadoras de alianzas responsables. Este aclamar pacífico, esta voz dialogizante, será la ética. Por eso mismo, por ser la voz del mundo, la ética deberá avanzar a la par de los avances tecno-científicos, políticos, religiosos y económicos del ser humano.

Al desvanecerse la fuerza que vincula las diversas morales que han marcado pautas normativas en las diferentes sociedades o las referencias tradicionales como los mitos, los dioses y las verdades trascendentales, el hombre ha quedado desnudo, sin morada; por ello, hoy en día, la ética cobra una importancia mayor que en tiempos pasados.

El hombre necesita redefinir límites, reflexionar sobre una ética unificadora en beneficio de todos los seres humanos. Es menester crear nuevos preceptos axiológicos, no dogmáticos, pero sí conductores hacia una responsabilidad social compartida. El ser humano requiere de límites que mesuren las relaciones humanas y no devengan en caos como ha ocurrido en la modernidad.

Pero ¿cómo retomar esta conciencia ética? En todas las culturas, así como en la Biblia, se ha deseado usar a las instituciones escolares como mejor arma para promover la ética, la responsabilidad y la cultura. Ahora, es fundamental que también las empresas, al igual que todas las entidades sociales, asuman la responsabilidad de discernir los razonamientos éticos que han permeado nuestra cultura, con la posibilidad de redefinir el estado que deben tener las relaciones humanas y saber la forma en que en este momento nos tenemos que dirigir hacia los demás.

Resulta gratificante el interés de la sociedad en general pero, más aún, la disposición de las autoridades educativas de México y del mundo para darle realce a la importancia primordial de la enseñanza y práctica de la ética y que no sólo se quede en el conocimiento de todos sino que también esté presente en el actuar ético de nuestra vida diaria.

Así, poco a poco, desde la existencia concreta de un niño hasta la complejidad social, construiremos una mejor existencia, donde cada persona se ocupe de ser responsable consigo misma y con lo Otro, nuevamente con mayúscula.

Hoy la ética ha de entrar de cuerpo entero en el mundo, debe popularizarse. Vale decir: debe llegar al pueblo, a todo ciudadano que quiera vivir responsablemente en estos tiempos y en el futuro.

Las experiencias vitales de cada ser humano nos alertan de la crisis que padecemos, la agonía del mundo, la destrucción del planeta y, por consiguiente, de la sociedad.

La responsabilidad sugiere hacerse cargo de lo que pasa en nuestro alrededor, respetando la perspectiva del otro y pensando en que todo lo que hacemos trae consecuencias a futuro, es decir, debemos buscar que las sociedades del mundo puedan progresar moralmente, instaurando el bienestar como condición de toda relación posible.

El egoísmo de los hombres ha administrado mal los bienes de las sociedades, de ahí la situación en la que nos encontramos, lo cual nos ha llevado a un inminente desplome de la tierra, a un materialismo, a un individualismo que está provocando la violencia de la que tanto nos quejamos.

Si continuamos pensando sólo en nosotros mismos, la desesperación de los que menos tienen y que buscan medios para sobrevivir desembocará en más asesinatos, mentiras, traiciones, robos y daños constantes, haciendo del mundo un lugar inhabitable.

Entre la responsabilidad y la indiferencia humana: el caso de nuestro carácter egoísta.

La idea aristotélica de que el hombre es naturalmente un ser social parece no tener relevancia alguna hoy en día, o bien, denotar un sentido superficial que fomenta el alejamiento de los individuos en grupos sociales específicos, entre los que no es posible la comunicación. Estamos tan clasificados y separados en una especie de castas que no es necesario hacer nada para interactuar con los demás; nos basta estar bien con los que nos acompañan cómodamente en nuestra clase social, institución o trabajo. Frente a eso, los problemas de los demás nos parecen “una bonita extrañeza”.

Esto es importante para todos, porque las consecuencias de esta indiferencia constante son penosas y muy evidentes: al pensar que debemos cuidar y ver sólo por nuestra gente cercana –como solemos decir y hacer– provocamos que existan niños viviendo en la calle, familias enteras en pobreza extrema, además de robos justificados por esa despreocupación y un sinnúmero de otros tipos de problemas sociales que acarrean violencia.

Esto hace más evidente por qué ha crecido la escasez de alimentos (una alza indiscriminada y especulativa del petróleo), muchos carecen de servicios de agua, luz o seguro social; hay cada vez más personas sin educación, sin trabajo estable y bien remunerado, que se refugian en las drogas y el alcohol, y que roban para comprar comida o medicinas para la manutención de su familia.

Todos vivimos lo que pasa en la sociedad, no sólo en nuestro país sino en el mundo entero, y cuya fuente está en la indiferencia social. Esto es algo que no podemos negar, es evidente.

No quiero decir que debamos dar a los demás lo que tenemos, pues eso no resuelve el problema; lo que les quiero mostrar a ustedes, para que puedan pensarlo claramente, es que nuestros egoísmos han desembocado en marginación y despotismo, además de las graves consecuencias que han tenidos estas fuentes de exclusión en diferentes órdenes sociales.

Nos hemos dejado de ver a los ojos, ahora nos enfocamos en nuestras cuentas bancarias, nuestras pertenencias materiales y nos medimos por ellas. Sobrevaloramos el dinero que muy pocos poseen y lo convertimos en el lente por el cual estimamos a la mayoría de las personas sin tener en cuenta las condiciones, muchas veces no sanas, para obtener fortuna.

Si reflexionamos con cuidado, encontraremos que todo ello es fruto de una falta de compromiso y responsabilidad social; asimismo, es pertinente aclarar que la presente crisis que está poniendo en riesgo a la humanidad es resultado de la forma en que hemos venido pensando, a lo largo de la historia, y que ahora podemos palpar claramente por haber llevado a sus últimas consecuencias nuestro egoísmo.

Ser egoísta es no darse cuenta de la sociabilidad de la que nos hablaba Aristóteles, de nuestra responsabilidad por la vida de aquellos que nos rodean y no conocemos; no pensar el mundo como “nuestro mundo”, el mundo sólo para unos cuantos. Quien no tiene la capacidad para pensar en el otro como parte de sí mismo es alguien que no puede superar el traje hermético que trae puesto y que lo ha encerrado en sí.

Esta es la descripción fundamental del egoísmo: la incapacidad para saber que no estamos solos; no poder salir del propio yo para ponerse a disposición de los demás en el diálogo, en la risa, en el trabajo y en todas las cosas que no podemos hacer por nosotros mismos –que en verdad son muchas–. Esto les sucede a quienes tienen miedo de quedar vulnerables y de darse cuenta de que el poder que creen poseer en realidad es pasajero, momentáneo, estéril, accidental.

Queremos que el mundo sea un lugar fácil para vivir, cuando la vida es una trama enmarañada de relaciones que se van suscitando diariamente y que muchas veces no podemos entender. La dificultad de vivir estriba en la compleja línea que vamos trazando en nuestra existencia, en la imposible condición de decidir cuándo cambiar y convertirnos en lo que ahora somos, en obtener una brújula para que nos diga hacia dónde ir y cómo tomar las decisiones que nos podrían brindar bienestar.

Y es precisamente la responsabilidad la actitud que nos pone a prueba con mayor énfasis en la vida. El que vive encerrado en sí mismo no tiene tiempo para experimentar ningún nivel de su afuera, sólo trata con aquellos sobre los que tiene cierto control pero nunca se expone; la responsabilidad no es algo que le apasione.

Adoptando esta actitud pretendemos no ver al otro, que está frente a nosotros, escapamos de esa situación que exige dialogar y, más aún, buscar resultados sin que existan imperativos categóricos, actuar con responsabilidad y convivir respetuosamente, cosa difícil pero necesaria. Sólo en las situaciones en que más desprotegidos nos encontramos aplicamos los principios fundamentales de la ética.

El mundo es la suma de todos nuestros esfuerzos, siempre junto a los esfuerzos de los demás. O lo que es lo mismo, la suma de las acciones de todos los que “habitan la existencia”, así que resulta imposible estar solo, aun cuando creamos que eso sería excelente. Esto nos induce a mantenernos atentos a nuestros actos y dejar de pensar por un momento en nosotros mismos. La responsabilidad surge al estar consciente de los otros y ser responsable tiene que ver, en un primer momento, con ser libre.

¿Por qué digo esto?, porque ser libre y asumir nuestra libertad, como ya lo dijo el filósofo y literato Jean Paul Sartre, significa hacer en cada momento que nuestra libertad se mantenga. Pero resulta, y aquí es cuando la mayoría tenemos problemas, que mi libertad se enfrenta a la de los demás, esto es, que no puedo ser totalmente libre porque los otros también lo son y me limitan.

Mi libertad se pone en duda cuando se presenta la libertad de los otros. Mi libertad termina donde empieza la del otro. Sin embargo, este choque de libertades guía el buen ejercicio de las acciones porque si cuido la libertad del otro también estoy protegiendo la mía; al guiar las acciones con respecto de las otras libertades conservamos la propia.

Me explico: si tomo como fin a los demás seré un fin también y no un medio, no seré un objeto que puedan manipular como deseen. En ese sentido, si respeto a los demás en su libertad estaré poniendo las bases para el respeto a mi propia libertad; también, las bases de la moral.

La posible solución para la responsabilidad de nuestros actos es el reconocimiento de nuestras diferencias, de la presencia del otro, que puede ser cualquiera que esté frente a mi, junto, o próximo a aparecer.  Lo afirmo porque la aplicación directa de este pensamiento es la responsabilidad y ser responsables significa eliminar aquellas posiciones egoístas que perturban la convivencia humana.

Las personas que no son responsables hacen daño no sólo a quienes están cerca sino también a aquellos que no conocen y que nunca conocerán, incluso cuando su comportamiento no les aporte beneficios.  Ser responsable es pensar en el mundo como horizonte compartido, dejar de pensar en el yo para comenzar a pensar en el nosotros.  Vivir un cambio fundamental en nuestra forma de actuar podrá enfrentarnos directamente con el problema de la desorientación axiológica en la que nos encontramos y que posibilita, a su vez, la extinción de la especie humana. La transformación de la mentalidad de los hombres, una verdadera apertura al mundo, seguramente nos hará conscientes de que ni la economía ni la política pueden por sí solas resolver los actos de corrupción y abuso de poder entre los hombres, porque ser mejores es algo que nos compete a todos.

Por ello, las empresas, los políticos, las religiones, todos aquellos que ejercen el poder y nosotros mismos debemos prestar atención a los movimientos que incitan al respeto mutuo porque nos conducirá a pensar de manera distinta y a actuar conforme a lo que el hombre merece. Si no queremos que el mundo entre en un declive del cual ya no tendrá salvación, entonces tendremos que ser verdaderamente responsables.

Las personas socialmente responsables deben administrar realmente la razón, lo cual supone que hay que pensar las cosas con mucha mesura y poner atención a las consecuencias de nuestros actos. Hay que avocarse siempre, aristotélicamente, para evitar excesos de cualquier tipo, ya que éstos pueden convertirse en vicios y llevarnos al desastre o provocar daño a quienes nos rodean. Si logramos respetar la dignidad de las personas, estaremos reconociendo sus derechos y los entenderemos como hombres y mujeres que pueden transformar el mundo.

Es responsabilidad de las instituciones, como las universidades, fomentar este pensamiento entre sus miembros. Necesitamos de todos; aquí nadie es más necesario que otro, todos somos indispensables en el mismo grado aunque en distintas formas. Pero al fin y al cabo, todos.

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