Dados los grandes avances desarrollados en la ciencia y la tecnología, las empresas del siglo XXI pueden compartir con sus miembros las diversas fuentes de conocimiento y desarrollo de capacidades específicas, en pro de la superación individual de sus colaboradores y como una muestra de ética hacia dentro de las propias compañías.

Esta forma de compartir conocimientos entre miembros de una sociedad es parte de lo que se conoce mundialmente como “sociedades del conocimiento”, y sirve para atenuar las desigualdades entre unos y otros. Es necesario profundizar en el papel que juega una empresa en la educación humanista y tecnológica de sus miembros, y revisar hacia dónde debe orientarse la política empresarial para que prevalezcan la equidad, la pluralidad y la justicia social. Resulta cada vez más evidente que si no buscan el enriquecimiento del conocimiento de la gente, las corporaciones quedarán excluidas de la dinámica mundial de optimización de la producción, transmisión, uso y transferencia del saber.

La fuga del capital humano de una empresa por motivos como la falta de solución a conflictos laborales, el incremento en las desigualdades –producto de políticas egoístas–, la baja calidad en la educación o los problemas ambientales, entre muchos otros, serán algunas de las consecuencias de la carencia de una visión empresarial basada en el aprovechamiento de la riqueza intelectual de sus miembros y de su promoción en los planos educativo, industrial, sanitario, alimenticio, comercial y económico.

En la lucha por la reducción de la brecha cognoscitiva, cada empresa debe aprender a identificar los conocimientos y capacidades potenciales de que dispone, valorarlos y ponerlos al servicio del progreso de sus miembros, buscando un enfoque más participativo en el acceso al conocimiento. Las compañías deben promover una cultura en la que exista un reconocimiento cada vez mayor del patrimonio y el potencial con los que cuenta cada trabajador, para aprender y aprovechar, de modo compartido y ético, estos saberes y obtener el máximo beneficio posible para todas las partes involucradas.

La reflexión sobre las implicaciones de una nueva configuración social al interior de las empresas tiene pocas décadas; su objetivo ha sido buscar como fundamento el conocimiento aplicado al bienestar económico-social de sus integrantes, para que la generación y transferencia de los conocimientos permitan desarrollar nuevos métodos, reestructurar procesos y producir novedades y tecnologías en los distintos ámbitos del trabajo.

Así, el compartir conocimientos puede volverse una metodología orientada a la satisfacción de una gran variedad de necesidades propias de una empresa. Incluso, en muchos casos, estos avances beneficiarían a otras entidades corporativas o a países enteros, al lograr el incremento y la mejora social en las áreas educativas, científicas y tecnológicas, entre otras, dando paso a las innovaciones en las relaciones laborales y sociales. Las empresas que incrementan su capacidad para prevenir y resolver conflictos, constituyen auténticas sociedades del conocimiento, porque hacen posible una adecuada articulación de los sistemas educativos, científicos y tecnológicos a favor de los fines corporativos y de una ética para todos.

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