El concepto de nihilismo (del latín Nihil:nada), del filósofo alemán Friedrich Nietzsche, es el resultado de un diagnóstico atento a los síntomas de la cultura europea de principios del siglo XIX, y viene a identificar la forma en la que hemos nadificado nuestras creencias religiosas, culturales e ideológicas, al pensar que podemos sostener ante los demás nuestros caprichos y gustos personales por encima del entorno social en el que nos encontramos. Hoy estamos inmersos en una práctica del pensamiento que es tan diversa, que ha logrado borrar los proyectos sociales y los valores que antes nos unían para sustentar nuestros ideales y nuestras identidades. A cada nuevo gobierno, nuevos proyectos particulares, que únicamente confunden a la sociedad y disipan su fe en proyectos a largo plazo desde los cuales sí serían posibles los cambios. El individuo contemporáneo tiene que ver por sí mismo y relacionarse con medios para obtener fines, antes que pensar en proyectos y, según Nietzsche, en ello radica que estemos viviendo la época del nihilismo. Su génesis tuvo efecto cuando éste cuestionó la supuesta raíz «pura» de los valores que sostenían a Occidente y se da cuenta que los discursos moralistas que se encuentran detrás de ellos son autoritarios y clasificadores: nos dicen qué es lo bueno, qué es lo bello, qué es la justicia, el valor, la paz… Esto nos mostró que detrás de todo discurso establecido como correcto, existen diferentes formas en las que se ejerce poder. Este análisis lo realiza profundamente Nietzsche en dos libros: Más allá del bien y del mal. Preludio para una filosofía del futuro (1886) y La genealogía de la moral. Un escrito polémico (1887). Todos estos síntomas, al ser percibidos como partes de una formación cultural, han engendrado una enfermedad general, pues la seguridad de los discursos teológicos ancestrales, de los discursos epistemológicos, metafísicos u ontológicos, se han caído en pedazos, al ser cuestionados radicalmente, lo que ha originado el advenimiento insuperable del nihilismo. Nietzsche nos demuestra que podemos cuestionar los valores establecidos y las formas en las que se distribuyen los poderes y las autoridades de nuestro presente, pero también nos advierte que al hacerlo, entraremos en un sentimiento de vacío. Al quebrar todas las seguridades con las que contábamos anteriormente, sólo nos queda la soledad de nuestras proyecciones personales.

El problema ha sido que, antes de tomar una actitud de trabajo para el cambio de las enfermedades que tenemos en el presente y para curar las heridas que lleva nuestra cultura, hemos dejado que se reduzca la salud de nuestros pueblos y hemos permitido que, a cada paso, se esté hundiendo más. Muchos decidieron darse por vencidos y han dejado que los que imponen los nombres a las cosas continúen construyendo castillos por los cielos. Los discursos autoritarios como la creación de formas de educación, de formas de vida, de ideales a seguir, continúan exponiéndose sin ser siquiera obstaculizados, han logrado dominar los medios de comunicación masiva y muchas veces nadie ha hecho nada por enfrentarlos o por cuestionar sus efectos culturales; muchos prefrieren pensar que las cosas deben ser así antes de ponerlas en duda. El nihilismo del que nos habla Nietzsche tiene una cara pasiva y es ésta la que se nos presenta con más frecuencia.

El diagnóstico nietzscheano no es un discurso pesimista, pero sí desprecia a aquellos que se han rendido, a quienes han preferido continuar con lo que les han dicho que deben hacer, ya que por ellos las cosas continúan siendo de la misma manera. El nihilismo es la muestra de que hay una lógica interiorizada por la cultura, el resultado del dirigirse al pasado atentamente para hacernos ver que las culturas caen cuando están sustentadas en la pereza y en la indiferencia; nos señala que hemos asumido «algo» sin cuestionarlo y que ello se expresa en aceptar que nuestras capacidades están reducidas al mínimo de nuestras potencias. Y esto se refleja cuando a un grupo determinado de personas se les domina psíquicamente: los discursos que los capitalistas han diseñado para la clase trabajadora se han encargado de convertir en meras ilusiones aquello que ellos ven como esperanzas para su emancipación. Los procedimientos que los pobres han utilizado para el desarrollo de su economía, la especulación y el ahorro, son frecuentemente infravalorados y no permiten que se produzcan formas de resistencia en las que su clase pueda surgir en condiciones favorables. El discurso del capitalismo lucha para que las clases bajas no produzcan formas renovadas de su condición, es decir, que se den cuenta que las cosas no son esencialmente como se las presentan, sino que viene de un discurso concreto que tiene intereses muy bien definidos. A todo «jefe» le es conveniente que sus trabajadores no caigan en la cuenta de que pueden renovar sus condiciones psíquicas: prefieren que se piense que nadie es necesario en el trabajo, antes de reconocer que sin el trabajador, el capital no se puede producir; prefieren que se piense que las estructuras piramidales de las compañías son naturales, antes que una imposición dogmática de sus intereses personales. El nihilismo pasivo es el problema que refleja que muchos actores de la clase media y media baja han creído que es imposible estar mejor y, a su vez, han interiorizado que jamás podrían luchar por obtener una vida estable y digna, o alcanzar estratos sociales desde los cuales puedan influir en el poder. Las diferentes clases se concentran en las posibilidades que el gobierno establecido o la autoridad inmediata les han dado, y bajo esos lineamientos sólo reproducen los principios del sistema, así no representan ningún peligro para él. Esto demuestra que han sido dominados por un discurso que los tiene atrapados en sus concepciones y con ello declara la facilidad con la que los manipulan.

Nietzsche analiza los casos en los que la nada sobre la que está sustentada la existencia (en el sentido de que no es posible determinarle caminos a la vida) afecta de tal forma al individuo, que toma la decisión de sentirse incapaz para superar sus metas. El nihilista pasivo se pone a sí mismo fines y límites, y se convence de que le es imposible aspirar por sí mismo a una meta, por lo que tiene que adoptar la que le ofrecen los demás. La lógica que subyace a esta actitud es la desconfianza a organizar su propia voluntad, el convencimiento de que no se posee la capacidad de unificar problemas para pensarlos y «crear» soluciones. Muchos piensan que no «pueden» ponerle orden al caos y dejan que las cosas sigan el camino que les ha tocado experimentar. Pero el nihilismo no sólo tiene una cara; con él, Nietzsche interpreta el pasado de Occidente y profetiza sobre su futuro[1].

Friedrich Nietzsche (1844-1900) se ha convertido en un profeta, al detectar el advenimiento de una actitud que se interiorizará en la cultura occidental. Él veía en tres elemento de su presente la actitud que inundaría Europa y a Occidente por los siguientes dos siglos: el primero fue en la imposibilidad de darle un estatus ideológico y ontológico a la guerra franco-alemana de 1870 (lo que le quita cualquier justificación a las guerras), la formación de la opinión pública por parte de la prensa periódica: diarios, revistas, etc., (donde las ideas tienen que ser de fácil acceso y no exigen ningún esfuerzo por parte del interlocutor, minimizando así las capacidades de todos), además de la influencia en el imaginario social por parte de los libros de «vulgarización-divulgación» de la cultura europea (donde las editoriales toman un lugar importantísimo en la construcción de la cultura de una nación). Todos estos ámbitos creían que podían provocar un cambio ideológico en la cultura que fuese tan fuerte, que lograría llevar a Alemania a un estatus hegemónico frente a otros países europeos. El problema que vio Nietzsche es que ninguno de estos tres fenómenos daba tiempo para reflexionar seriamente en el presente que les acontecía. Políticamente hablando, era Francia quien le demostraba a Alemania el barbarismo cultural en el que se había internado, mientras que, culturalmente, era la forma en la que el pensamiento estaba planteando los problemas de los que se debería ocupar la filosofía. Así, Nietzsche observaba que era necesaria una reconstrucción, y ello tendría que empezar con el cuestionamiento de lo que somos; jamás para bajar la guardia, sino para comenzar a sospechar que las cosas podrían tomar otro rumbo. Pensaba que había algo interiorizado por la cultura alemana que la ponía en un estatus de barbarismo, había una moral que únicamente dejaba espacio para continuar con lo que estaba ya hecho, y con ello, reproducir las tristezas y depresiones del presente y del pasado. El hombre necesitaba una reconsideración como manera de tomar nuevas fuerzas que pudieran confrontar a los viejos órdenes anclados en su política beligerante y sofocante. Era necesario el advenimiento de un hombre nuevo: Nietzsche le llamó el übermensch(superhombre), que no es un ideal ni un principio metafísico, sino la forma de enaltecer al individuo sobre las posibilidades que la lógica anterior le tenía dispuestas.

El pensamiento nietzscheano surge como la impronta a un movimiento cultural que reduce al individuo a su mínima potencia. Parece que aún hoy continúa este malestar, pero ante él, no está en nosotros el tomarlo como un proceso negativo. El famoso parágrafo 125 de la Gaya ciencia es quizá el resultado de esta forma de aprehensión de los vicios en los que la modernidad y la ilustración habían incurrido, al aceptar en sus filas tantas abstracciones como esperanzas, en las cuales depositaron el futuro de su cultura. Pero en tanto que abstracciones y esperanzas, eran sólo ilusiones desde las que no se podría materializar el futuro de ninguna cultura. Es necesario que sepamos que la nada nos es primaria, que las cosas no están determinadas a priori, lo que indicará que nuestra vitalidad es fundamental para aumentar nuestras potencialidades y, con ello, darle un futuro distinto a la cultura en la que nos encontramos. La dificultad de pensar en la posibilidad del übermensch radicaba en que todas las formas ideológicas de mayor envergadura anteriores a Nietzsche habían reducido al individuo a sus mínimas posibilidades. Se habían centrado en que todo aquello que tenía algún contacto con la raza humana era imperfecto (la religión), que cometía errores (la ciencia), que era débil (la biología evolucionista) y en otras muchas negatividades que no dejaron espacio para pensar que era posible reformular el camino de la historia. Es por ello que Nietzsche pone a la vitalidad de la humanidad en el horizonte de la discusión filosófica y enaltece lo que el hombre puede hacer para superar lo que la Historia oficial le ha permitido. No había otra forma, para reconfigurar los valores y las energías de todos tendríamos que demostrar que es posible comenzar por un camino distinto al que estaba permitido: el que nos dice que podemos estar listos para la lucha cuando hayamos pasado por un proceso de purificación de nuestros males, que no es otro que el de recuperar las fuerzas después de un proceso de enfermedad. Afilar los dientes, mejorar el olfato, los ojos, fortalecer el cuerpo, etc., y estar listos para la lucha que viene.

Nietzsche cree que la energía del espíritu debe aceptar este cambio cultural –el nihilismo– como un horizonte de acción, asumirlo activamente a sabiendas que no tiene a sus espaldas una autoridad absoluta exterior, sino que desde sí mismo puede comenzar la creación de medios libertarios para la transformación del pensamiento. Contrario a la modernidad, donde la libertad era un deseo constante, el nihilismo nietzscheano, tomado responsablemente, es una apertura hacia nuevos horizontes vitales, y tiene como premisa principal hacerse cargo de la libertad misma, incrementando las posibilidades propias para la transformación y liberación de las cargas que una cultura dominada por el resentimiento ha impuesto en el orden de las subjetividades generales. Y es en este rubro donde las libertades se desplazan por el mundo sin autoridades, donde la responsabilidad tiene un campo más amplio para realizar su tarea, porque ya no está centrada en sí misma ni preocupada por expresar sus propios deseos e intereses. La verdadera responsabilidad comienza cuando pensamos en los demás antes que en nosotros, y los demás son todos los otros, no los que ocupan nuestra nación, nuestra familia o nuestras amistades. Un nihilismo responsable requiere mayor compromiso que cualquier otra forma de pensamiento, pues nos acerca a relaciones inmediatas con el mundo y con aquellos que le habitan, de ahí que sea difícil tomarlo radicalmente como parte de nosotros. Pero si comenzamos a pensar que somos capaces de llevar al mundo en nuestras espaldas, seguramente haremos más que ser responsables por los demás.


[1] En este sentido, Marco Parmeggianiha sido iluminador en su libro Nietzsche: crítica y proyecto desde el nihilismo, Ágora, 2002.

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