Cuando leímos el artículo “El buen ingeniero: dar virtud es el deber de la ética de la ingeniería” del Dr. Charles E. Harris Jr. de la Universidad Texas A&M, nos vimos comprometidos a compartir con los lectores, más que una crítica, aclaraciones pertinentes. Debemos considerar lo importante de las intenciones del articulista, de sus aportaciones que, en síntesis, proponen una conducta apropiada para el ingeniero.

El doctor Charles afirma la existencia de una ética de la ingeniería, orientada a la corrección de una mala conducta profesional de los ingenieros y de los posibles efectos nocivos de la tecnología. Propone que los ingenieros y la tecnología que desarrollan deben basarse en la virtud, propuesta ya por Aristóteles, gracias a la cual el hombre virtuoso busca el conocimiento, el saber, la verdad, lo bueno, para aprehender al bien como conocimiento práctico y por lo tanto busca también la perfección, entendida como hacer lo que corresponde en las circunstancias que lo ameritan.

En el siglo XXI, los buenos deseos de Aristóteles de que los humanos nos comportemos con excelsa conducta, siguen y seguirán siendo una de las grandes utopías que los hombres buscaremos. Sin embargo, no podemos dejar a un lado que en nuestros tiempos el mundo atraviesa por una crisis sin precedentes; el planeta está siendo destruido y esto abre la puerta a la posible extinción de la especie humana. Ante esto no es posible la existencia de una ética de la ingeniería, porque se encontraría como una isla alejada de los continentes; la ética es para todos, sin distingos sociales, religiosos, culturales o raciales; somos todos responsables del destino del mundo. La existencia de éticas concebidas en islotes no corresponde a las realidades de los habitantes del mundo, donde prevalece la alteridad con el otro, entendido al otro como el conjunto de cosas que nos rodean y de las que nos tenemos que hacer responsables, porque no son nosotros.

La propuesta de una ética para todos busca un cambio en la mentalidad de los hombres y las mujeres, con el fin de evitar guerras y miseria, y en pro del surgimiento de nuevas definiciones de valores que den lugar a acuerdos que tengan como resultado un verdadero bienestar para los habitantes del mundo. Para lograr un cambio de esta envergadura, tenemos que empezar por encontrar los principios éticos que comparten las diferentes sociedades, incluyendo, por supuesto, las religiones. Necesitamos ver y escuchar lo que acontece y nos afecta, para asumir una actitud responsable frente al mundo. La responsabilidad de todos incluye a los ingenieros y a las tecnologías creadas por ellos, porque en forma conjunta la responsabilidad exige hacerse cargo de lo que pasa a nuestro alrededor, respetando la perspectiva del otro y aceptando que todos nuestros actos conllevan consecuencias que afectan a los demás.

Si aceptáramos que “la ética de la ingeniería ha sido orientada para proteger al público de una mala conducta profesional de los ingenieros y de los posibles efectos nocivos de la tecnología” (1) los ingenieros tendrían que verse obligados a controlar factores diversos que se involucran con su profesión, como la economía, la política, la educación, la religión, los medios de comunicación, y su relación con la sociedad en general, porque todo en su conjunto tendrá que incidir en lo que se establece como bien o mal para la sociedad. Esta es la dificultad que asoma tan pronto proponemos éticas particulares: la realidad no se desenvuelve en parcelas, una ética tampoco tendría por qué hacerlo. Ello no demerita la reflexión al interior de cada esfera de la vida del modo particular en que se presenta el reto ético, pero dichos esfuerzos, para lograr el bienestar humano, deben tener alcances mayores. De ahí la necesidad de replantearnos la ética, asumiéndola como la posibilidad de dialogar para lograr los acuerdos que beneficien a los humanos y a la Tierra donde habitan.

A pesar de ser deseable y aplaudir a los ingenieros que asumen las reglas éticas que generan sus códigos particulares, como podrían ser: 1) asumir su sensibilidad ante el riesgo, 2) hacer conciencia del contexto social de la tecnología, 3) respetar la naturaleza, y 4) comprometerse con el bien público, esto no resultaría fácil para los ingenieros, porque caería en sus espaldas el resultado social global de sus actos particulares. Les resultaría complicado llevar acabo sus acciones por medio de una ética de virtudes sin el apoyo de un consenso general, porque ante una actitud correcta se estaría frente a intereses particulares o de grupos relacionados con la política, la economía, la religión, etc.

El doctor Harris señala que el 80% del código de la Sociedad Nacional de Profesionalismo en la Ingeniería (NSPE, por sus siglas en inglés) consta de normas negativas y de carácter prohibitivo. Lo anterior se debe al deseo de que los ingenieros jueguen con las reglas vigentes, pero cabrían las preguntas ¿Quién o quiénes crearon esas reglas? ¿Cuáles son los principios éticos que las motivaron? Y lo más importante: ¿Qué resultados han traído para la sociedad y el planeta? El mundo que están viviendo los ingenieros por una parte les exige “no dañar”, proteger al público de perjuicios potenciales y evitar ventajas, para su propio beneficio, de su conocimiento especializado. Es de dominio público la problemática ecológica que padece el mundo, la crisis mundial por la que se atraviesa y la importancia de obtener resultados económicos, lo que pone en duda las virtudes practicadas hasta ahora por los ingenieros, con resultados que no son los esperados por la sociedad; de ahí que no sólo se puede culpar a un sector de la población –en este caso los ingenieros–, sino a la sociedad en general y por lo tanto, todos tenemos que asumir la responsabilidad e intentar una redefinición de hacia dónde la humanidad desea dirigir los conocimientos tecnológicos, producto del trabajo de los ingenieros y cómo aplicarlos para el beneficio de la sociedad y no sólo a intereses particulares o de grupo. Esto último iría de acuerdo a lo que el doctor Harris llama una “ética aspiracional”, entendida como el uso del conocimiento profesional para promover el bien humano, sin olvidar todos los saberes de la sociedad y no sólo involucrando a los profesionales de la ingeniería.

Los ingenieros, al igual que otros seres humanos que deben tomar decisiones más allá de las obligaciones y los derechos vigentes, se valen de su juicio personal para interpretar lo que la sociedad entiende como bien humano, asumiendo de antemano la necesidad de poner a consideración de la sociedad sus actos si estos pudieran rayar en los límites establecidos. Nos referimos a su trabajo profesional, que necesita investigaciones, de cuyos resultados, al no conocerse evidentemente, se derivan consecuencias difíciles de prevenir. Ante esto la actitud ética del ingeniero debe dirigirse siempre a favor de la sociedad en general, lo que se convertirá en reflejo de sus actos virtuosos. Un ejemplo de lo dicho lo describe el propio doctor Harris, y consiste en la aceptación por parte de los ingenieros de Morton Thiokol del “Soplado por” y las consecuencias de erosión de los anillos “O” del Challenger, con el objeto de que los ingenieros se resistan a normalizar la desviación como regla general, pero no como un deber ser. En esos casos tampoco se debe olvidar que el buen juicio de los ingenieros dependerá de sus conocimientos personales e interpretaciones. La honestidad, el coraje, la compasión, la gratitud, corresponden a los ingenieros pero también a todos los seres humanos, que se enfrentan siempre al mal que asecha todas las relaciones sociales e impide la práctica sincera de las virtudes que debemos asumir como proyecto de vida.

Si centramos nuestra reflexión sobre la ética de virtudes, aparecerá en la historia del pensamiento la pregunta por el Bien, que se manifiesta en los griegos como la Virtud. Para ellos, un hombre virtuoso es un hombre bueno, en tanto que hace de su actuar algo perfecto. Llegar a la perfección es desarrollar nuestras capacidades intrínsecas como humanos, que encuentran en su base al Bien. Ya en el pensamiento neoplatónico-cristiano aparece el Mal como el alejamiento de la divinidad, y por ello la posibilidad del mal humano. Si al griego se le presentaba el Bien como un deber, al cristiano se le presenta ya la posibilidad de claudicar, porque posee libre albedrío. Pero aún aquí, la estructura que pregunta por el bien y por el mal, por la divinidad y por el hombre, es la misma. Esto llevó a los medievales a ubicarlos dentro de sus estructuras racionales dirigidas a Dios y no como algo primordialmente humano. El problema es que el mal, planteado así, evita la responsabilidad real de aquél que lo ejerce y, a su vez, la experiencia del Bien. Las consecuencias de predicar universalmente sobre el mal las podemos palpar por ejemplo en el contexto cristiano, en quienes hacen daño a los demás y evaden su responsabilidad desahogando lo sucedido en el confesionario y olvidándolo después.

La perfección que se podría lograr por medio de una ética de virtudes es deseable para los ingenieros y sus creaciones tecnológicas; traería un incuestionable beneficio para la humanidad, pero el día a día de los humanos está plagado de incidentes donde el Bien no siempre se persigue, sobretodo por los intereses que acompañan a las nuevas tecnologías. De ahí la necesidad de asumir una ética para todos, que involucre a la sociedad como un todo, con el objeto de propiciar el diálogo como el acontecimiento ético y responsable por excelencia. El diálogo es la actividad de comunicación que ha acompañado al hombre y a la mujer a través de la historia. Es la forma de tratar de entenderse los unos con los otros. Sin embargo, pese al enorme trabajo que ha significado la construcción del lenguaje para podernos comunicar, los resultados reflejan pobreza extrema en las mayorías. Lo alarmante es que en estos tiempos se ha puesto al mundo en una situación agónica; el planeta está siendo destruido y los hombres y mujeres viven un temor constante. Para transformar las perspectivas que se nos presentan, se necesitaría radicalizar el diálogo, no con violencia, sino asumiendo la responsabilidad que a cada miembro de la sociedad le corresponde, donde los ingenieros son testigos de las posibilidades que se tienen, en la búsqueda de resultados históricamente anhelados por la humanidad por medio de la creatividad y el conocimiento.

El “buen ingeniero”, con sus conocimientos, se convierte en humano demasiado humano, ante la posibilidad de comprender el potencial técnico y  el desarrollo de las técnicas en beneficio de todos, donde el ejercicio de su “sensibilidad al riesgo”, “acoplamiento estrecho” e “interacción compleja”, como señala el doctor Harris, se convierte en una fuente de responsabilidad porque supone, en conjunto, un alto grado de conciencia, donde deberá tener el juicio y la experiencia necesaria para determinar los límites de su conducta. Su sensibilidad debería llegar al extremo de la “sensibilidad tecno-social” señala el doctor Harris, donde el ingeniero asume una conciencia crítica de la forma en que la tecnología afecta a la sociedad y la manera en que las fuerzas sociales afectan a la tecnología.

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