Introducción

La esperanza para que los seres humanos se puedan acercar y entenderse entre unos y otros, ha sido a través del concepto “amor”. Este concepto tan importante, que está presente en el lenguaje de la vida ordinaria, ha representado la gran herencia que hemos ido transmitiendo de generación en generación, y a él apelamos como llave que abre puertas, idioma de entendimiento muto, defensa en la adversidad. Pero ahora, en el siglo XXI, no es sencillo apelar al amor: quizá aún más que antes, es difícil solicitarle a una persona que ame a un narcotraficante, a un violador, o simplemente a alguien que viva en Siberia, porque el amor que se ha pretendido equivale a una gran verdad difícil de hacer realidad, difícil de traducir en actos, ardua de convertir en una actitud cotidiana en el trato con los demás. No pretendo demeritar el concepto amor; en todo caso, mi intención es darle cauce a través de una de sus características o modos de ser principales, o mejor aún, me atrevo a decir que un modo de ser de este amor es el que nos permitiría comprender el modo de ser del ser humano en sociedad, del ser humano particular, y aún más, del universo en su conjunto.

Con carácter unificador y unificante, la filosofía que presento puede ser una filosofía que esté preparada para dar unidad a todo el conocimiento humano presente, futuro y primordialmente pasado; una filosofía que permite enfrentar el desafío cotidiano de entendernos los unos a los otros; una filosofía que parte de un modo sustancial del amor. Los fundamentos de las reflexiones filosóficas que se presentan, pretenden principios indubitables dirigidos a aclarar el sentido primario de toda vivencia posible; es decir, busca dar un modo de pensar que subyace a toda situación particular, permitiendo así comprender cualquier acontecimiento, cualquier vivencia, cualquier situación en la vida de los seres humanos. Parte también del concepto amor, pero un amor diferente al que estamos acostumbrados porque el concepto se basa en algo fundamental que late en todo lo que existe: me refiero a la incertidumbre del cosmos y la incertidumbre de la vida, que alcanza a reflejarse en cualquier ámbito –la vida doméstica, la vida profesional, el mundo político y económico, el movimiento y orden de los seres vivos y de los no vivos, el universo y el cuerpo de cada ser viviente.

Quisiera enunciarlo de manera clara: me refiero al “amor fati” –tal como se dice en latín- o “amor al destino”, “amor a los hechos”. “Amor fati” es la expresión del pensamiento de Nietzsche: el carácter unificador y unificante que se expresa en esa pretensión filosófica se dispone a erigir una filosofía que esté preparada para dar unidad a las ciencias, a la filosofía, a la teología y todas las culturas que han permeado la historia de los seres humanos. Se trata de un nuevo paradigma de conocimiento al cual llamo “la insurrección de todos los saberes”, con el cual podemos enfrentarnos con responsabilidad a los retos del presente y del futuro en una forma sencilla, como proponía Einstein y muchos otros filósofos. Conocer la realidad y todo lo que nos acontece aparentemente es una empresa complicada, pero podemos buscar en nuestro conocimiento formas sencillas que nos den la oportunidad de tratar de resolver los problemas que tenemos y que padecemos, como el que ahora nos convoca en este congreso, en el que la importancia de la pregunta es ineludible: “¿Es verdad que Dios ha muerto?”

Quiero comenzar mi disertación con algo que creo que es la base de todo lo que se ha propuesto y se debe de proponer en un congreso de esta naturaleza, me refiero a la espiritualidad de los seres humanos. La espiritualidad no vista desde tantas maneras de manifestación que ha tenido a través de la historia –por ejemplo por medio de la filosofía y la teología en general-; la espiritualidad que yo les propongo atiende a la incertidumbre en que estamos inmersos: la incertidumbre que nos presenta el cosmos en su totalidad con los movimientos de miles y millones de elementos con un movimiento que no puede ser claramente predecible: la incertidumbre de nuestro cuerpo con sus cambios, ajustes, adaptaciones, no solo de un individuo sino de toda una especie; la incertidumbre que alimenta las vivencias que tenemos los seres humanos día a día, en nuestros proyectos, sueños, aspiraciones y los hechos por los que pasamos.

Este concepto espiritualidad es un concepto que nos enfrenta a la incertidumbre. Habitualmente le hemos hecho frente mediante el amor, pero por desgracia este concepto ha rebasado todas las posibilidades de podernos entender. Prueba de ello es que, antes que estar unidos por el amor, la base de la unificación de los seres humanos ha sido el temor, el miedo a esa incertidumbre que se nos presenta día a día en cada una de nuestras actuaciones y que de una u otra forma no podemos controlar como quisiéramos. Creo que podremos comprender mejor esto si describimos brevemente nuestras relaciones interpersonales: la incertidumbre que existe en una pareja de personas que se aman pero no se pueden garantizar fidelidad absoluta, la incertidumbre de la vorágine laboral en la que todos somos prescindibles, la incertidumbre de una economía que nos gobierna a capricho… a todas ellas, en lugar de enfrentarlas mediante el amor, las enfrentamos asociando nuestros temores: para un trabajador promedio importa más cuidarse de no perder el trabajo que de hacer bien su trabajo aunque corra el riesgo de perderlo; en las parejas los celos pueden más que la comprensión, por poner solo un par de ejemplos. Así, la incertidumbre en la que nos hallamos inmersos no ha sido abrazada amorosamente, sino, más bien, ha sido temerosamente negada, ocultada, apartada de nuestra vida. Por esto es urgente un nuevo paradigma para asumir la incertidumbre del universo y de nuestras vidas personales y en sociedad, y ese paradigma es “la insurrección de todos los saberes”. La lógica, el modo de comprender el sentido de este paradigma es el “amor fati”.

Para mí, desde muy joven, “amor fati” es el amor a los hechos, amor al destino, ese destino que tenemos todos los seres humanos que puede adoptar muchas formas, un destino que no está escrito y ya determinado, sino que está marcado por la incertidumbre, gracias a la cual no sabemos exactamente qué nos puede suceder o cómo podemos crear nuestra vida para dirigirnos hacia algunos puntos que creemos que son nuestra felicidad. Al tener esta variedad de destinos, esa variedad de posibles definiciones de nuestras vidas, nos damos cuenta que es difícil lograr lo que nos planteamos. Al encontrarnos ante esa incertidumbre nos damos cuenta que tenemos que amar los hechos que vamos viviendo, y tenemos que amar de alguna manera ese destino incierto. Eso es lo que Nietzsche llama “amor fati”.

Pero para amar los hechos, amar al destino, tenemos que conocer los secretos de la creación, pues en ella se encuentra el por qué de la incertidumbre y del “amor fati”. La ciencia, la teología, la filosofía y las culturas han tenido como preocupación estos secretos o principios de la creación de todas las cosas. Los conocimientos actuales nos empiezan a develar los secretos de la creación, o primeros principios del cosmos, que han sido la base de nuestras creencias y del conocimiento humano. Dios, el big bang, el motor inmóvil u otras formas de plantearnos los primeros principios, pudieran unificarse en un conocimiento que nos enfrente a los desafíos del presente y del futuro, sin perder las convicciones individuales o de grupo.

Religiones

Los primeros principios en el mundo cristiano han sido el fundamento de su doctrina, no sólo Adán y Eva. Observamos en el Evangelio de San Juan, que Dios ha creado este mundo, y por lo tanto, lo ha creado como es: un mundo sensible, un mundo en movimiento y al crearlo, también creó la posibilidad de la vida, al pensamiento al hombre y a la mujer. Al aceptar el movimiento del mundo sensible, Dios creó un mundo en constante devenir o amor fati. El movimiento, la diversidad, la multiplicidad y también lo que permanece son fenómenos que nos salen al paso en una incertidumbre constante. En el medioevo se establecen los primeros principios como irrenunciables. Por ello es que Santo Tomás dirá que la teología o discurso de Dios, es el estudio que se encarga de describir las sustancias separadas o divinas, se encarga del ente, de las causas y de los primeros principios.

 La diferencia entre las divinidades que pertenecen a nuestras creencias o experiencias religiosas, han sufrido cambios a través de diferentes acontecimientos que han obligado a la filosofía a transformarse. A la pregunta ¿es verdad que Dios ha muerto? o ¿Dios vive?, sólo podríamos contestarla desde los efectos que ha tenido en el pensamiento, es por ello que debemos concentrarnos en las cuestiones mundanas. Siguiendo a Hans Küng, nuestra ignorancia nos permitiría tener una creencia razonada en la existencia de Dios, pero si no se pudiera comprobar su existencia o estuviera fuera de nuestras posibilidades el conocerlo, el concepto de Dios en el mundo testimonia la creatividad del pensamiento, de éste surge la transformación de las cosas en tanto que después de ser tocadas por él, se agrega “algo” al mundo que antes no existía, que antes no era real, de que por medio de la creatividad y el poder del pensamiento la existencia de dioses y divinidades en el mundo, no por amor si no por temor a la incertidumbre que deberíamos amar como amor fati, por lo que podemos llegar a la conclusión de que, si Dios existe, existe porque el hombre y la mujer lo necesitan, pero en cualquier forma de entenderlo existe como creatividad. Por ello, separar a Dios de su mensaje nos pondría al abrigo de la mera textualidad y de la literatura fantástica. Lo que propongo por medio del amor fati o amor al destino en devenir, iniciemos determinando o desocultando el lugar que el hombre le ha dado a Dios en nuestro presente, porque es verdad que después de ciertos acontecimientos que han sembrado al pensamiento por medio de la filosofía ante la propuesta de la muerte de Dios, ni Dios sigue siendo el mismo en el siglo XXI.

Es necesario, nos lo muestra el momento histórico en el que vivimos, que nos cuestionemos sobre la posición de Dios y la espiritualidad que deban tener los humanos con la aceptación de la insurrección de todo los saberes o amor fati, amor a nuestro destino en devenir en incertidumbre sin llegar a un caos que nos destruya como raza humana, que el mensaje que Dios en nuestro presente se reflexione desde planos del conocimiento que nos brinden cierta superficie objetiva, para romper con las siempre latentes acusaciones de mistificación o subjetivismo en el tema. De la misma manera en la que surgió la gestación del nihilismo contemporáneo que pone en duda la espiritualidad que se requiere para enfrentar el temor o miedo que conlleva una vida y de un pathos del cosmos en devenir y por lo tanto en incertidumbre, y que nos está obligando a cambiar nuestros supuestos epistemológicos o personales. También la cuestión de la religión actual nos muestra que es necesario plantear ciertos cambios de paradigmas dentro de las religiones mismas. El análisis del lugar de las religiones y de sus posiciones actuales nos tiene que poner a pesar radicalmente en el presente que vivimos como una búsqueda por obtener caminos para lograr cierta armonía entre los hombres, sin distinción de credos o cualquier tipo de exclusiones. Debemos buscar los lugares donde se ha expuesto la capacidad de “interacción” en la historia de los hombres, aún cuando haya pasado desapercibida, al encontrar el lugar donde se fundamentan las relaciones, no sólo revelamos fenómenos que siempre han sido desvalorados porque hemos atendido otras cosas y las hemos sobrevalorado. Por medio del amor fati podemos poner a funcionar a los conceptos de formas innovadoras que puedan auxiliarnos en diferentes formas: desde la separación del esclavismo conceptual, hasta la innovación propia que nos pertenece como singularidades pensantes. Tal vez estos intentos nos pongan a pensar de otra manera ante la crisis existencial general.

El devenir como destino nos hace encontrarnos ante la impronta de la diversidad, nos inclinamos hacia lo periférico, estamos en un presente obligado a atender las diferencias. Aquello que fue por un tiempo desplazado y marginado por los centros de poder, religiosos, políticos, económicos, filosóficos tiene que venir desde el olvido para reclamar su importancia. Creemos necesario desplazar la cuestión de la trascendencia o la idea de una unidad preconcebida para explicar lo divino en el mundo. Tal vez lo divino- su expresión- esté más cerca de nosotros de lo que pensamos cotidianamente.

La ciencia del siglo XXI 

La ciencia ha hecho retroceder la frontera de lo que sabemos del universo hasta los primeros instantes de la creación de todas las cosas, y hemos llegado a estar muy cerca del tiempo cero en donde comenzó el universo; se han invertido grandes cantidades de dinero en esta empresa, me refiero a más de 10 mil millones de dólares invertidos para recrear lo que podemos llamar el comienzo, lo que se ha llamado BIG BANG, de tal forma que podemos tener casi una seguridad de la existencia de este acontecimiento inicial del cosmos, y podría haber sido no solamente uno sino de tal vez más de uno. Hemos llamado Big Bangal nacimiento del cosmos, y devenir a todas las consecuencias creativas por espacio de 15 mil millones de años, entre las que se encuentran las estrellas, las galaxias, los planetas, la vida, el pensamiento, el tiempo y el espacio, todo proveniente de un solo punto, que entre otras posibilidades hemos pensado que podría ser Dios. De tal suerte que la ciencia ha tratado de desenmascarar el misterio, descifrar cuál es el bloque constructivo básico de la creación. De forma tal vez sencilla podemos decir que esta gran aportación de la ciencia en la actualidad nos puede llevar a comprender el origen de todo el arte creativo del cosmos, y lo podemos resumir en algo en particular: el movimiento. El movimiento es el medio de comunicación entre todas las cosas: todo tiene una particular combinación entre sus elementos constitutivos. El movimiento se aprecia en los grandes sistemas celestes, pero también en la más pequeña organización animada o inanimada de las cosas; lo encontramos en una galaxia y en un pequeño microorganismo.

Ante la enorme variedad de cosas creadas por las fuerzas del devenir que pueden ser admiradas en los cielos, la complejidad de lo que nos rodea en la tierra nos ejemplifica lo que debemos entender como “amor fati” o amor al destino o amor al paradigma del devenir como insurrección de todos los saberes para enfrentar los retos del presente y del futuro. Se puede afirmar desde el conocimiento que tenemos en el siglo XXI, que existe un paralelismo gracias al cual la evolución de todos los sistemas que conocemos en el universo o el universo mismo se asemeja a la evolución del sistema biológico de la vida en general, y por consecuencia la de los humanos, porque todos estamos inmersos en el pathos del devenir, o como lo llamará Nietzsche en dos de sus importantes pensamientos, la voluntad de poder y eterno retorno, de ahí la necesidad de amar al destino o amor fati.

Gracias al movimiento podemos encontrar un paralelismo entre la evolución del sistema más grande que conocemos, que es el universo, y la evolución de un pequeño sistema biológico, como el de una persona, nosotros mismos o nuestros hijos. Y aún más, gracias a las ciencias podemos constatar que el universo sin embargo es más simple que nuestro cuerpo, porque su organización es más clara sobre las leyes que lo gobiernan. Y podemos decir esto porque se han develado las piezas más cruciales del rompecabezas. Resulta paradójico que podamos entender ahora más del universo que de nosotros mismos, que somos un elemento aparentemente insignificante en este universo gigante; y es que con el cosmos lidiamos con sistemas que son intrínsecamente simples, pero la convivencia de lo biológico y lo psicológico en nuestro cuerpo implica lidiar con algo mucho más complejo, y de cierta forma implica también la existencia de mundos mágicos que los humanos hemos creado por el poder del pensamiento, mundos que son esencialmente impredecibles –nuestros sueños, anhelos, ideales, caminos de vida y de organización social, por mencionar algunos ejemplos. Pero ahora, al conocer el universo con los descubrimientos realizados, es mucho más fácil desprender cómo podemos llegar a conocer nuestro cuerpo y la vida humana. Esto empezó a aclararse en 1905 en la extraordinaria revelación que ha cambiado para siempre la forma en la que podemos ver al universo gracias a Albert Einstein y su teoría de la relatividad, que se resume en una simple y sencilla ecuación: E=MC². Se trata de una de las mayores cuestiones en cosmología y astrofísica: cómo han aparecido los elementos químicos en el universo, la E es energía la M es materia y la C es la velocidad de la luz. La teoría de la relatividad es la que nos permite conocer la mesura que tiene el universo.

El universo nos puede maravillar por toda la creación que podemos observar; como parte de ese universo tenemos a la tierra, lugar donde vivimos, la casa de los humanos -y no sólo los humanos sino de todo lo que está creado dentro de nuestro planeta-; y me gustaría resaltar sobre todo la vida, nuestro cuerpo, el pensamiento; todas estas creaciones forman parte de lo que nos constituye, lo que nos da una identidad inseparable del movimiento cósmico; ese movimiento que comparte nuestro cuerpo, gracias al cual ampliamos nuestro horizonte de conciencia y por medio del cual estamos unidos a todo lo que no rodea. Si vemos la creación de todas las cosas por medio de la relatividad, también la podemos analizar desde otros puntos de vista que nos son familiares: me refiero a la teología y a la filosofía. Si el cosmos lo conocemos ahora por medio de sus primeros principios y por la teoría de la relatividad, nos damos cuenta de que el cosmos se encuentra en incertidumbre, de ahí que su destino no sea un destino seguro sino múltiple, algo que podemos analizar desde la Grecia arcaica si nos vamos a la filosofía.

A pesar de que aparentemente la ciencia no se debe relacionar con otros conocimientos humanos, es importante destacar que ahora en el siglo XXI los nuevos paradigmas en lugar de separar y crear parcelas de conocimiento nos permite unirlos, de tal modo que podemos ver que también los primeros principios han sido muy importantes para la filosofía y la teología. Desde la filosofía podemos primero tratar de comprender lo que sucedía antes de los griegos: hablo de esa vivencia del mundo natural, un mundo en que la incertidumbre de la naturaleza era la que marcaba los derroteros de los seres humanos. Con los griegos, por ejemplo en el pensamiento aristotélico, comprendemos que la filosofía inicia como principios de la ontología, que ha sido definida como la ciencia del ser en cuanto ser; hoy podemos preguntarnos: ¿que tipo de ontología podemos hacer en nuestro presente? Quizá una ontología que pueda avanzar hacia el movimiento y no esté encerrada en sí misma, que reconozca al sujeto pero que no lo ponga en el centro, que de espacio para el lenguaje pero que no caiga en un idealismo lingüístico: quizá esa sea la opción. Para Aristóteles, el fundamento último de todo ser es la causa primera de todo movimiento, y con el movimiento recordamos lo que hemos dicho acerca de la relatividad.

Aristóteles nos dice que los primeros principios parten de un motor que está fuera del mundo sensible; y aquí encontramos que hay dos partes constitutivas de todo esto y una de ellas es su referencia al mundo sensible: la mirada hacia la sensibilidad del mundo es latente en Aristóteles y ha sido un tema poco explorado en el pensamiento -quizá por la impronta judeocristiana-. El intento por pensar la historia de la filosofía sin una metafísica finalista que nos provee reconocimientos. La sensibilidad del mundo y su movimiento es aquello que nos mantiene alerta y en la exigencia de continuar haciendo filosofía esto lo podemos ver desde Heráclito, el filósofo del devenir en el filósofo que inspiró a Nietzsche y otros muchos filósofos y sobre todo que nos da un conocimiento para crear un nuevo paradigma del devenir pero también filósofos como Schelling, Bergson, y por qué no, podemos decir que la mayoría de los filósofos el siglo XX siempre y cuando tomemos a estos como que parten de la reforma heideggeriana de la ontología. Esto que acabó de manifestar nos conduce a asumir la importancia de la existencia de este mundo sensible que nos marque el pensamiento aristotélico y que está en el movimiento y que es una forma de aceptación de las sociedades de acercarnos a la realidad en tanto que podemos palparla y padecerla.

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