Desde hace muchos años, los diferentes pensadores han visto que en su época hay un momento de crisis, sea por la carencia de oportunidades, por las carencias materiales, por los diferentes modelos políticos que se vislumbran en varias naciones, por el exceso de la acumulación de dinero, o por el exceso de problemas que impiden vivir dignamente. En todo momento histórico, la acumulación del mal obliga a los pensadores, preocupados verdaderamente por los hombres, a tomar una posición ante la necesidad de hacer algo para reconstruir el camino que hombres y mujeres han tomado. En su momento, Sócrates pensó que era necesario cambiar la forma de vida de los atenienses y que había que reformar la comprensión del bien y de las cosas, esto ayudaría a los griegos a instaurar el bien como modo de vida en la sociedad. Hoy en día, esta crisis, que se ha dado de diferentes modos en la historia, no es la excepción, por lo que habremos de atender profesionalmente, es decir, sin especulaciones, aquellas cosas que generan los problemas que nos aquejan ahora. Hay que ir a las fuentes que originan el mal y a los espacios donde más se afecta al otro, y con ello, dejar de seguir dando vueltas en la mera superficie de las cosas, que en realidad cambia constantemente. Esto indica que cada momento histórico posee sus propias circunstancias, delimitadas por las exigencias que, a nivel mundial, muestran el desconocimiento de lo que acontece en el campo político, cultural, económico, religioso y científico. La desorientación hacia los valores actuales, la indiferencia hacia los problemas sociales, la incapacidad de mirar a los ojos de los demás, son el fruto de la pobreza moral humana en la que nos encontramos y que está a punto de dominar el espacio que se avecina en el futuro. Hay que caminar con cautela ante la presencia del mal. Este mal, que ha ocupado un lugar en la historia, ha originado dos grandes perspectivas que afectarán, sin duda, el futuro del mundo. La primera de ellas es «la ausencia de una visión global», fruto del nihilismo europeo de mediados del siglo xix, después del pensamiento del filósofo alemán Friedrich Nietzsche. Mientras que la segunda de ellas, no menos importante, es «la falta de interés común», originada por la explosión industrial del capitalismo global.[1]

La idea de que a cada momento los intereses del capital empresarial se van acrecentando en inversiones, en traspasos y en acciones capitales, es algo que a cualquier persona ligada al trabajo continuo tiene que aterrar, pues ¿cómo es posible que sea legal enriquecerse a grados impensables, cuando muchos trabajan en condiciones inhumanas para continuar trabajando al día siguiente? Es la era de la globalización, se nos dice constantemente, y podemos o no estar de acuerdo con sus procedimientos, pero lo importante es que hay que atenderla y no perderla de vista. No estoy diciendo que la vanagloriemos; nuestra responsabilidad es no rendirnos ante su dominio. Nosotros, que podemos darnos espacios para escuchar las ideas del otro, que podemos mirar un libro sin pensar que perdemos el tiempo, que estamos junto a los pensadores más grandes de toda la historia, tenemos la obligación intelectual de pensar para el bien de la humanidad, de mejorar la vida de aquellos que trabajan con el cuerpo cansado.

La globalización es un modelo que exige un análisis minucioso de la condición humana, porque ahí hay un problema que nos muestra la mala distribución del capital y la mala distribución del mal.[2] Pero es necesario que preparemos un contrincante que tenga la filigrana suficiente para confrontarlo y hacerle de resistencia, pues ante un fenómeno con una inmensidad tal, es necesario pensar globalmente.

El éxito del pensamiento de Hans Küng, del que hoy me haré cargo para introducirlos a ustedes en él, se basa fundamentalmente en que logró percibir que, para competir contra los horrores humanos que supone la globalización, hay que realizar una propuesta ético-moral que sea global y, a su vez, que no sea prospectiva.[3] Esta ética debe ser global para poder competir con un fenómeno tan vasto como la globalización, y no puede ser prospectiva porque entonces la decisión de las personas por hacer bien a los demás sólo estaría sujeta a la jurisdicción y así, cuando no haya quien vigile, entonces los hombres sacarán su verdadero rostro. Esto quiere decir que Hans Küng no pretende darnos reglas para el comportamiento humano, sino que quiere mostrarnos lo humano que hay en nosotros, aun cuando lo ocultemos con poses o materiales adventicios. Hay algo que nos hace ser humanos y que nos caracteriza íntimamente, es a ello que debemos apelar para sacarlo a la superficie y mostrarlo a los demás; si lo logramos, entonces habremos puesto en el mundo más de lo que nos imaginamos, habremos puesto el bien en la realidad. Así, lograremos, por principio, que los que nos escuchan cavilen sobre la posibilidad de hacer el bien para con los demás y que se den cuenta que esa posibilidad está en todos. Hay algo de bueno en cada uno de nosotros, basta que lo reconozcamos y nos familiaricemos con ello para que los otros puedan también sentir sus efectos. El mundo puede ser un lugar mejor para existir, de eso no cabe duda.

El pensamiento de Hans Küng es una propuesta abierta para toda persona que crea en la posibilidad del bienestar y para aquellos que se dicen no poder responsabilizarse de nada. No sólo intenta provocar a quienes están convencidos de que el bien es posible, sino que también se dirige a los que no se comprometen –evidentemente– con la bondad. En realidad, todo esto es posible porque la propuesta de Hans Küng requiere ser experimentada por nosotros mismos; hay que entenderla a través de las experiencias personales. La «Ética de la responsabilidad» –nombre que se le dio a la propuesta de Küng a partir de la publicación de su libro Proyecto de una ética mundial–[4] intenta erigir un nuevo orden mundial, a través de acuerdos comunes (que nos revelan nuestra humanidad, es decir, lo humano que somos cada uno de nosotros), con el fin de que se vinculen los valores de las diferentes formas de vivir el mundo. Estos valores a los que se aspiran no son valoraciones personales que difieren de una cultura a otra; serán vinculantes porque estarán basados en criterios inamovibles, en actitudes personales básicas y en el respeto mutuo, principios que no sólo son culturales, sino universales.

En noviembre de 2001, ante la Asamblea Plenaria de las Naciones Unidas, Küng pronunció las siguientes ideas, que ahora me doy a la tarea de reseñar.[5] Decía que los habitantes del siglo XXI tememos que los horrores que se suscitaron en el siglo XX –por ejemplo Auschwitz, El Gulag o Tanzania– puedan repetirse, pues nos han mostrado la cara oculta de la humanidad. Esta cara oculta es mucho más pavorosa de lo que se suele imaginar, y demuestra que si las personas cuentan con el poder económico y político para destruir a los demás, y que las acciones militares y políticas que requieren esas prácticas le son redituables, lo harán, sin duda alguna, y sin alguna conciencia moral que les pueda pesar. Estos horrores pusieron en tela de juicio todos los principios morales que –se supone– provenían de la Ilustración: el bienestar, la socialidad, la cultura, la civilización, entre otros.[6] El mal que provocó el hombre desde el ámbito protegido de la política, la economía y la ciencia, nos indicó que a mayores avances racionales, a mayores apoyos económicos a un sector ideológico dominante y a mayores aparatos discursivos para el dominio del imaginario civil…, mayores serán las consecuencias de los actos de aniquilamiento social que las prácticas discursivas emprenden, que sus secuelas serán más devastadoras y cada vez más enérgicas, que los niveles del mal que se pueden provocar cuando se usa la planeación y la inteligencia son impensables para la sociedad o las minorías que las padecen, y que hay muchos que están desprotegidos por las instituciones, al no vender su identidad a un partido, idea o cualquier mecanismo totalitario.

En lo siguiente, les hablaré del pensamiento de Küng ante la presencia del mal, de ahí que la necesidad de repensarlo sea evidente e imperativa. Todo esto, porque el mal está en nosotros y ha vestido de sangre la historia, pero, aun cuando pensemos que es demasiado tarde, es posible que lo podamos frenar, si ponemos la mayoría de nuestros esfuerzos en ello.

II. Diagnóstico del presente desde el pensamiento de Hans Küng

De los problemas a los que hemos aludido anteriormente, muy bien nos podemos dar cuenta que tienen su fundamento en la desastrosa desorientación axiológica a la que enfrentamos en la actualidad. Lo que indica que no poseemos valores morales arraigados, sino que nuestros valores dependen de la cultura en la que nos encontramos y desde la que están precodificados. Al funcionar así nuestra moral, cualquier acción social se pone en peligro cuando cambiamos de ambientes y de paisajes, pues si funcionaban muy bien dentro de nuestro ámbito social, no hay nada que garantice que eso que hacemos sea correcto en un ambiente extraño a nuestra cultura. Ésta es la razón por la que nos encontramos en un estado de tensión constante ante los que piensan diferente que nosotros, pues es posible que –en el mejor de los casos–, cuando no queramos ofender al otro, lo hagamos indirectamente, porque sus códigos morales son distintos a los nuestros. Por estas razones, que son esenciales en el pensamiento de Küng, es necesario ver la fuente de la moral en algo más profundo que en las simples acciones sociales que llevamos a cabo: debemos aspirar a puntos fundamentales que sean respetados en cualquier nación, cultura, religión o sociedad, y éstos están en las fuentes profundas de las religiones.

Por principio, para poder crear la base de una teoría global, como es la del talante de la Ética Mundial de Küng, habrá que diagnosticar cuáles son los retos inmediatos y de mayor fuerza con los que nos vamos a enfrentar. El primero es «global» y refiere a las actitudes que han adoptado histórica y pragmáticamente los hombres y mujeres entre sí ante la presencia de las diferencias. Por lo tanto, cuando decimos que toda actitud les pertenece a los hombres y a las mujeres del mundo, el problema que detectamos incumbe a todas las sociedades humanas. El segundo aspecto es «político», pues se encuentra en el ámbito del poder. Lo que podemos hacer para ello es demostrarle a aquellos que manejan la economía global y la política, que por sí solos no podrán resolver jamás los actos de corrupción o abuso de poder. En realidad, necesitan de la educación de la sociedad para que los niveles de desorden público disminuyan. Hay que destacar que el poder se encuentra en muy pocos (las personas más ricas del mundo se pueden contar con los dedos, las personas que sufren opresión y violencia, no), sus grupos son muy reducidos. Esto nos obliga a nosotros, los que pensamos y nos preocupamos por el futuro de la humanidad, que nos tenemos que acercar a los que tienen el poder para intentar transformar su pensamiento, dejarlos de ver como instituciones impersonales que no se pueden tocar o ver, para comenzarlos a reconocer como lo que son: personas a las que podemos dirigirles palabras. Sólo al hablarle a «alguien» concreto es que podemos transformar su pensamiento. Todas las sociedades están formadas de hombres y mujeres, sin importar edades; son humanos fundamentalmente los que le dan contenido y existencia a las naciones. El problema de las actitudes entre los hombres, sus discusiones –que cuando son sanas y no-violentas, son convenientes para todos–, son el fruto de que muchas veces no compartimos ideas con los demás. Es así que las ideas que se les administran a los hombres en el trabajo, en la escuela, en la sociedad en general, son un problema que nos incumbe a todos. ¿Por qué?, porque son las ideas eso que nos hace actuar de cierta manera en el mundo, en las situaciones concretas en las que nos encontramos y de las que siempre surgen consecuencias. Si constantemente escuchamos que lo importante de vivir es cuidar nuestra integridad personal y conseguir los mayores beneficios para nosotros mismos, entonces nuestro mundo estará basado en esos principios y funcionará bajo esas premisas.[7] Las ideas que traemos con nosotros diseñan la verdad del mundo que habitamos y el grado de interés que ponemos en las cosas de las que nos preocupamos. Las grandes riñas entre los hombres se deben a sus diferencias ideológicas, que les indican que para obtener algo, hay que someter a los que piensan diferente. El problema es que lo que a algunos les causa bienestar y mejoría, a otros les causa horror y violencia.

Lo mismo ha pasado con las religiones. Las diferencias entre las religiones que hay en el mundo han traído consecuencias gravísimas a nivel mundial. Guerras, enfrentamientos, asesinatos, etc., han enaltecido sus diferencias ideológicas. Ante este problema de envergadura mundial, Küng propone una trama secular desde la cual plantear puntos de encuentro entre las religiones. Es decir, que es posible concentrarse en lo que identifica a las religiones y respetar lo que las hace diferentes. Nos dice que se han perdido las fuentes históricas de las religiones conservadoras, muchas religiones que se supone surgieron de las tres grandes religiones de la historia, al desatender sus fuentes, integran nuevos elementos que hacen a la Iglesia infuncional, porque se concentran en preferencias personales y dejan de atender las necesidades humanas.[8]

Al perder de la vista los fundamentos profundos de las religiones originales, nos encontramos en un momento de difamación radical de los fundamentos religiosos-humanos, es por ello que, desafortunadamente, cualquiera se dice religioso o poseedor del bien común. Esta desinformación nos ha llevado a momentos de desatención de lo que la religión nos trae al mundo, pues desconocemos los elementos que hacen surgir y que establecen el ser de la religión misma, con ello el hombre se vuelve un recipiente vacío en el que la ética y la moral no son posibles, porque no hay la suficiente credibilidad y compromiso con la palabra que se profesa.

Esto también explica la lucha entre integristas, católicos y romanos, además de la descalificación de la Reforma, la Ilustración y la modernidad religiosa a través de la historia occidental. Cada religión en efervescencia se hace de su propia forma de contar y justificar los acontecimientos pasados. De aquí que la verdad que quiere implementar cada una de ellas obligue al enfrentamiento entre los que pretenden apoderarse de la Verdad de las escrituras. Cada religión en proceso de gestación quiere dominar una región de la verdad social, y llenan de ideas a sus súbditos, quienes se ven ante la obligación ideológica de atacar directamente a los otros que aceptan el credo de otras religiones. La diferencia de las posiciones entre las religiones que han abandonado el fundamento teológico de toda religión –el libro, la palabra divina–, se basa en la agresión al otro, pues están centradas en los principios propios que permiten a su modelo erigirse como dominante. Si les pedimos que entren en diálogo, éste supondría la pérdida de algunos principios de sus propias formas religiosas, por lo que intentan hacer ceder al otro por medio del dominio y la destrucción. Cada religión, al actuar de esa manera, intentará establecer una forma de dominio para con el otro, ideológicamente diferente, por medio de la imposición de sus dogmas. ¿Cómo lograr entonces que haya una consideración del otro, si las ideologías religiosas se basan en la reproducción de sus dogmas e imposiciones culturales, geográficas y nacionales? Küng dirá que debemos concentrarnos en lo que las hace común, de manera que expongamos las líneas de unidad y coexistencia que nos ayuden a conciliarlas o, por lo menos, a lograr un espacio de interacción pacífica. Lo que permanece en todas las religiones es aquello en lo que se fundamentan: Escrituras sagradas, selección de los elementos que componen su credo, la práctica de su fe. Pero no podemos negar que cada una de las religiones que provienen de la tradición abrahámica tiene sus propios códigos de creencias. En el Cristianismo, los modelos de interpretación (exégesis) que componen su historia literaria, nos muestran que es Cristo el centro del nuevo testamento. Mientras que para el Judaísmo, es la unidad de Dios con el pueblo de Israel lo que les garantiza su identidad; y para el Islam es la entrega, el sometimiento a Dios, la recopilación, edición y reconstrucción de las palabras de Mahoma lo que construye su ser religioso. Pero el fundamento común es la fe en el Dios uno de Abraham creador, benévolo y misericordioso entre todos los hombres.

Hay, por supuesto, elementos que nos muestran las diferencias entre las religiones, diferencias que se pueden percibir a través de la misión que les ha dado la palabra de Dios a cada uno de ellos. Los judíos tienen prometido ser el pueblo y además, la tierra de Dios; a los cristianos les fue dada la representación de su hijo, mientras que para el Islam, es la palabra de Dios la que los guía en su quehacer mundanal.

Seguramente están pensando que estas razones no son lo suficientemente estables y poderosas como para establecer un cambio en el imaginario mundial. Es verdad que tenemos una complicación histórica sumamente importante: el fundamento de todas las religiones obedece a la reinterpretación y a su praxis. Es decir, depende de la forma en la que se ha interpretado y practicado la religión lo que nosotros sabremos de ella y la forma en la que se presentará para con los demás. Pero lo que podemos hacer para evitar confusiones es recurrir a la historia integral de cada religión, de manera que ella misma nos muestre su propio desarrollo interno y nos invite a pasar por las diferentes transformaciones epocales por las cuales se define.

Así, poner en enfrentamiento a la historia universal del pensamiento con la historia propia de cada religión, para entonces experimentar las transformaciones internas y la evolución del pensamiento en el mundo, es el reto que se nos pone enfrente, y es desde aquí que podemos pensar que las verdades que dominan ciertas formas de vivir el mundo se concentran en la superación, desplazamiento e inactualidad de ciertos paradigmas: aquellos que fueron aceptados para la explicación, práctica y desarrollo de las tesis dominantes de alguna época concreta.

III. La evidencia de lo humano desde los fundamentos religiosos

No es posible un nuevo orden mundial sin una ética global. Dice constantemente Küng.Esto se fundamenta en la responsabilidad con la que cargamos todos como humanos. La finalidad no es instaurar esta propuesta como una mera obligación social, sino la de evidenciar los principios mínimos para la sobrevivencia de los hombres que deben apuntar al bien global. Hay que globalizar la ética con el fin de mostrar que somos aptos para ella, que estamos familiarizados con ella. Y estamos familiarizados ya con ella, de ante mano, por el simple hecho de que somos humanos hasta la médula. Somos humanos con todo el cuerpo. Somos lo que puede solventar el ser bueno de la humanidad entera. Küng nos dice que es nuestra obligación como pensadores encontrar criterios objetivos de conservación humana que nos hagan convivir sin violencias mutuas. Estos criterios objetivos para la conservación del mundo y de nosotros mismos provienen de las religiones, especialmente los dos principios insuperables que se desprenden de ellas y que son válidos para todo pensamiento realmente humano. A decir, el «principio de humanidad»: Todo hombre –varón o mujer, blanco o de color, rico o pobre, joven o viejo– debe ser tratado humanamente. Y la Regla de Oro de la reciprocidad: «lo que no quieras que te hagan a ti, no se lo impongas a otro». Estos dos principios se encuentran insertos en todos los recovecos de las tres grandes religiones a las que hacíamos alusión hace un momento, pero además, son aplicables para todo tipo de religiosidad. Llaman en la praxis tanto a hombres, como a instituciones (formadas por hombres) y a las naciones (también formadas por hombres) a ser responsables. Y, según Küng, se desarrollan en cuatro ámbitos centrales de la vida, que son:

  1. Estar a favor de una cultura de la no-violencia y del respeto a toda vida
  2. Estar a favor de una cultura de la solidaridad y del orden económico justo
  3. Estar a favor de una cultura de la tolerancia y de una vida veraz
  4. Estar a favor de una cultura de la igualdad y la colaboración entre el hombre y la mujer

Si adoptamos estos preceptos de vida positivamente y analizamos en los ámbitos en los que se dan, nos daremos cuenta de que es posible hacer el bien en el mundo y que podemos ofrecerle una mejor existencia a los demás y a los que vendrán. La Ética Mundial de Küng no impone reglas, en realidad nos muestra cosas que son evidentes, pero que en su simpleza, muchas veces nos pasan desapercibidas. Son imperativos morales que indican la filigrana insuperable entre los hombres, y que se expresan a través de una serie de valores elementales, evidentes en sí mismos, valores mínimos. La evidencia más inmediata es que podemos hacer hoy, nosotros mismos, lo que las religiones se han preocupado por establecer entre la humanidad, a decir, el bien. La ignorancia de esto, nos dice Küng, es «lo característico del presente: el olvido de la dimensión profunda del hombre, la concentración en lo material, preferentemente económico, es lo que caracteriza al hombre occidental».[9] Al olvidar que antes del dinero y las pertenencias materiales está lo humano, nos hemos concentrado en los excesos y en el deseo de causar mayor mal a los demás. Y lo humano no puede estar dividido en castas o en islotes, incluso, no está dividido; lo humano lo compartimos todos porque es ello lo que nos caracteriza fundamentalmente, somos humanos porque nacimos siendo humanos y moriremos siéndolo. Dejamos de serlo cuando nos imponemos sobre los demás y violentamos su existencia.

Hay que tener claro que en términos morales, nuestras ocurrencias personales no son válidas. Es necesario lo que es necesario para todos, el bien es aquello que le es agradable a todos y no sólo a un grupo de personas. Así, la obligación moral que tenemos la podemos llevar a cabo entre todos, ciudadanos de niveles educativos y económicos diferentes, hombres de Estado, industriales, profesores de todas las ramas y niveles, los hombres de ciencia, etc., y esto es posible porque las reglas fundamentales de las que habla Küng, que provienen de los fundamentos profundos de las religiones, son comunes a todos, o sea, que no sólo son vigentes para una cultura como la occidental, también para culturas como las orientales o asiáticas.

IV. Conclusión

Las tres religiones abrahámicas nos han mostrado que hay una dimensión medular en el hombre y en la mujer que los hace humanos, y que esta dimensión ya no es humanamente posible traspasar. Hacerlo nos animaliza. Estos principios insuperables son los que fundan el ser verdadero del hombre ético y se deben poner en práctica en cada momento en el que actuamos. Los podemos resumir en los siguientes:

a) Relaciones de interdependencia: afirmar que debemos vivir en armonía, no sólo con nuestros congéneres, sino con los demás, nos ayudaría a aseguramos la sobrevivencia del mundo.

b) Responsabilidad: asumir que debemos ser responsables en nuestras acciones diarias, porque de todas ellas se desprenden implicaciones que tienen efectos reales en los demás. Recordemos que no olvidamos rápidamente una traición y que la confianza es un lazo muy sutil entre los hombres.

c) Ley de oro: saber que no debemos tratar a nadie como no nos gustaría que nos trataran, que el dolor, el mal, el miedo, son sensaciones desagradables que disgustan y violentan nuestro ser. Debemos fomentar una cultura de la socialidad, que atienda al hecho de que no estamos solos y que nos haga evidente que dependemos de los demás.

d) Vivir para el otro: la humanidad es nuestra familia –no sólo quienes llevan nuestro apellido y nos son cercanos–, al decir que la responsabilidad es primero, significa que debemos estar dispuestos para el bienestar del otro.

e) Cultura de la no-violencia: debemos evitar cualquier forma de dominio sobre los demás, el poder que se ejerce sobre el otro sólo crea celos y rencor. Hay que buscar en el orden social una repartición económica justa.

f) Cambio de mentalidad: podemos cambiar nuestra forma de pensar; al hacerlo, vamos a cambiar el mundo en el que vivimos. Ésta es la fuente de un nuevo orden mundial. La Ética Mundial habla para todos sin distinciones, clasificaciones o codificaciones preestablecidas. Intentamos salvar al mundo de su destrucción.

No estamos solos en esta tarea, ha habido gente que nos ha mostrado que cargarse a cuestas la responsabilidad que el mundo necesita es posible. En el hinduismo, personas como Sarvapalli Radakrishnan, Mahatma Gandhi y Vivekananda lo han hecho. En la religión china, sabios como Confucio, Carsun Chang, Kang Youwei, Liang Quichao, Mao Tsung-san, también. En el budismo, Nikkio Niwano, Aung San Suu Kyi, Dalai Lama. En el judaísmo, Elie Weisel, Martin Buber, Theodor Herzi, Emmanuel Lévinas. En el cristianismo, Alexander Men, la Madre Teresa de Calcuta, Juan xxiii, Dietrich Bonhoffer. En el Islam, Muhammad Iqbal, Muhammad Abduh, Gamaladdin al-Afghani… Hay muchos más hombres y mujeres preocupados por los que estamos aquí, escuchando estas palabras; trabajaron para gente que jamás conocerían, trabajaron para el bien de la humanidad, para nuestro bien. ¿Cómo podemos agradecerles que haya momentos bellos en nuestra vida, que podamos despertar del sueño y decir que «vale la pena vivir»? Este sentimiento es compartido, el sentimiento de agradecimiento y de bondad; no te pertenece a ti, nos pertenece a todos. ¿Por qué? Porque llevamos lo humano dentro, muy dentro de nuestro ser, falta descubrirlo y mostrarlo a los demás para que se exprese. Y estos sentimientos son los que las religiones, desde hace miles de años, han tratado de mostrarnos y hacerlos evidentes a todos. Es por ello que Küng piensa que el nuevo orden mundial que una ética global podría realizar tiene su base en la separación ideológica de las religiones y en los mecanismos englobantes de poder. Y piensa que:

  • No habrá paz entre las naciones sin paz entre las religiones.
  • No habrá paz entre las religiones sin diálogo de las religiones.
  • No habrá diálogo de las religiones sin estándares éticos globales.
  • No habrá en nuestro Globo supervivencia en paz y justicia, sin un nuevo paradigma de relaciones internacionales basadas en estándares éticos globales.

No habrá futuro si no nos hacemos responsables por todo aquel que tenemos a nuestro lado, a izquierda o derecha de nosotros mismos.

Hay un mundo ético que descubrir y respetar.  Podemos comenzar a hacerlo desde este momento.


[1] Un análisis importante de las consecuencias de este capitalismo lo hace Daniel Bell en Las contradicciones culturales del capitalismo. México: Conaculta- Alianza Editorial Mexicana, 1977.
[2] Los estudios de la globalización comenzaron a resaltar a principios de este siglo, porque las consecuencias eran cada vez más evidentes. En México, una de ellas se dejó ver con la aparición del llamado Ejército Zapatista de Liberación Nacional (ezln), que puso al frente de todos los estudiosos la exclusión cultural como implicación directa de la globalización. Existen numerosos textos sobre el tema, pero aquí citamos el coordinado por John Saxe-Fernández: Globalización: crítica a un paradigma. México: UNAM-Instituto de Investigaciones Económicas-dgapa- Plaza y Janés, 1999.
[3] Véase Proyecto de una ética mundial de Hans Küng, publicado por Trotta en 1998, también se puede consultar, ¿Por qué una ética mundial? Religión y ética en tiempos de globalización, son unas conversaciones muy accesibles con Jürgen Hoeren, Editado por Herder en 1993.
[4] Hans Küng. Proyecto de una ética mundial. España: Trotta, 1991.
[5] Lo importante de esta reunión fue que –como el mismo Küng comenta en ¿Por qué una ética mundial?–, se logró poner en diálogo a políticos que tenían diferentes modelos políticos en torno a la política global. Sus palabras fueron escuchadas y asumidas con seriedad y respeto, alguna resonancia habrán provocado en ellos.
[6] Véase para los supuestos ilustrados que empañan a la modernidad: Alain Touraine. Crítica de la Modernidad. Argentina: fce, 1998.
[7] Eso es a lo que llamamos «imágenes del pensamiento». Al respecto, puede consultarse: Gerardo Martínez Cristerna. Pensamiento y mesura, ensayo sobre la relación con el todo. México: Porrúa, 2006; especialmente el primer capítulo: «Del quehacer del pensamiento».
[8] Dice Küng: «Lo que hoy se cree y en materia de práctica religiosa se halla determinado por muchos factores subjetivos y depende con frecuencia de este tipo de relaciones muy personales», ¿Por qué una ética mundial? Religión y ética en tiempos de globalización, conversaciones con Jürgen Hoeren. España: Herder, 1993.
[9] Hans Küng, op. cit., p. 15.

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