Introducción

El mal es el gran problema que los hombres hemos hecho y con el que hemos cargado a través del tiempo; una realidad que no podemos negar y que vemos reflejada en los rostros de la pobreza, del abandono de los hogares, de la indigencia y de la indiferencia constante. Existen algunos estudios filosóficos o políticos que se han ocupado del problema –lo que no indica que otras ciencias no lo hayan hecho–, pero lo que aquí nos interesa hacer es brindar ciertos medios que solucionen este fenómeno, para no quedarnos en la orilla que únicamente detecta los porcentajes sin involucrarse con el fenómeno.1] Se trata de mirar hacia el futuro con la convicción de que ciertos acontecimientos sociales que dependen de nosotros –los que habitamos el presente– puedan dar soluciones o convocar a acuerdos que tomen en cuenta nuestras necesidades, en medio de propuestas donde todos tengan voz.2] Los efectos de las guerras y de las xenofobias, registradas o no en la historia oficial, han traído como consecuencia pobreza y destrucción entre los hombres.3] ¿Por qué hemos de creer que cada vez que hablamos de interculturalidad e interreligión todo está destinado al fracaso? ¿No indica esto que nos hemos rendido demasiado pronto? 4] Antes de claudicar nuestros intentos por responder a los problemas que nos convoca esta indiferencia, en realidad, como personas que educamos y que debemos pensar en el futuro de nuestros países, debemos vernos obligados a estar atentos ante el terror constante que supone el mal entre los hombres, para intentar evitar que esos hechos catastróficos puedan repetirse.[5]

La destrucción no es más que la proyección de nuestros miedos hacia la realidad. Sólo ataca aquel que se ve amenazado por lo que se le presenta. Nuestros miedos pueden tener un fundamento quizá muy bien argumentado, pero jamás el mal podrá ser justificado por algún modelo racional, aun cuando lo intenten. Después de Auschwitz, el Congo Belga, Irak, la Torres Gemelas, hay mucho que escribir y reflexionar.[6] Está en nosotros el continuar vigilando lo que nuestros alumnos, hijos y compañeros puedan pensar hacer en el futuro. Tomémoslo en serio. Tenemos que vigilar constantemente el futuro que a todos les quedará, pues nosotros vivimos en el presente. El reflejo de nuestros miedos proviene de los males que, a través de las tradiciones o culturas, religiosas, políticas, económicas y científicas, hemos interiorizado pensando que son verdaderas, pues hemos sido educados en un contexto que pretende erigirse como el punto central. 7] Los problemas de identidad nacional, el fundamentalismo religioso, el poder político y el dominio económico nos han traído una oleada inmensa de desconfianza y temor que no podemos soportar. Debemos enloquecer, como escribió Nietzsche, antes de soportar la infinita responsabilidad que nos deparó la muerte de todas las creencias universales. 8] Pero quizá en medio de esta locura contemporánea, todavía queda un halo de esperanza que, antes de disolverse en la pura palabrería, nos indica que se puede estar dispuesto para hacer lo imposible: podemos nosotros, los hombres, los de aquí abajo, los que caminan por el suelo, hacer el bien entre las culturas y ayudar a que acontezca el bien entre los hombres.

La humanidad está en decadencia, y en este momento de crisis tan fundamental debemos encontrar estructuras que nos pongan a pensar de manera diferente, para entonces ayudar a los demás. Habrá que buscar que las diferentes ideologías que parecen cerradas en sí mismas se abran hacia el diálogo y la convivencia general, ya que sólo así el mundo en el que nos encontramos podrá ser un lugar acogedor y sano. Éste es un llamado a la preservación y no a la utopía, pero aun cuando lo fuera… ¿No está en el límite de lo utópico su realización? ¿Qué nos impide convertir en realidad lo que antes nos parecía imposible?[9] Afirmar que algún día podremos compartir valores éticos universales no es una mera aspiración utópica, es una necesidad que expresa nuestro presente y que rebasa la geografía de nuestros pensamientos, pues involucra también a los no educados en Occidente. La aplicación de principios éticos y deontológicos que formen una responsabilidad social es el llamado urgente que pretende transformar un mundo precipitado hacia la mezquina competitividad y la rentabilidad accionaria que se encuentran al servicio de los que siempre ambicionan más.[10] El resultado: dividendos pecuniarios frente al capital social que los gobiernos teóricamente deberían producir, déficit en la distribución y abusos en el poder; marginación y disolución de las llamadas «minorías», además de egoísmo, que siempre se manifiesta a través de la indiferencia por los demás.

Los hombres podemos lograr un cambio real, y para hacerlo, contamos con las herramientas de la filosofía, porque ella nos puede hacer entender que somos responsables del sentido y del itinerario del mundo. No significa esto que la filosofía es aquella que le da sentido al mundo y dirige el camino que deben tomar los hombres, pero sí hablamos de que a partir de ella es posible entender hacia dónde se han dirigido las cosas. La visión filosófica es general, a diferencia de otras disciplinas que se conforman y trabajan en campos particulares. 11] Advertir esta posibilidad implica pensar que nuestras reflexiones pueden originar una práctica común, donde la tarea diaria sea la búsqueda y el ejercicio de una libertad responsable, que llevaría al respeto mutuo. Si contamos con la buena voluntad de los derechos humanos –después de revisar atentamente hasta dónde se conserva tal cual para otras culturas, por ejemplo las africanas–, entonces aprovechemos lo que nos pueda servir para la mejoría de los hombres. Se trata de encontrar en los derechos, que ya nos han sido dados, un espacio donde se puedan trasladar hacia otras periferias, con el fin de ayudar a los que han sido mayormente heridos por el olvido y el horror.[12] Habrá que comenzar atendiendo a nuestras posibilidades inmediatas, es decir, hay que reflexionar sobre las posibilidades «reales» que cada uno de nosotros puede aportar para guiarnos hacia una ética mundial. Es por ello que esta tarea la tenemos que hacer entre todos.

Podría pensarse que originar una «práctica común» es algo pretencioso y ambiguo; sin embargo, no deja de ser imperioso ver que el presente nos exige reparar todos nuestros errores. ¿Cómo hacerlo? Llevando a las empresas a actuar responsablemente, obligando a los gobiernos a que apliquen principios éticos universales, formando profesionistas que se comprometan con los demás, preparando a los estudiantes a estar dispuestos a abrir sus horizontes axiológicos y convencernos de que es necesario sacar nuestras enseñanzas de las aulas y de las disciplinas.

La tarea que tenemos todos es encontrar principios inquebrantables para con el trato humano y social; proponer una forma de pensar y actuar diferente, basada en el respeto a las diferencias, el diálogo común y la armonía cultural. Estas pretensiones serán posibles a través de una educación continua que ponga las bases de ese respeto y que se mantenga comprometida con la naturaleza y con los hombres.

Una ética universal –que no quiere decir que sea omniabarcante ni totalizante– piensa en el bienestar de los hombres y del mundo, cuida que haya respeto entre los humanos y, a su vez, que éstos respeten el entorno donde viven; que cuiden la naturaleza y ayuden –educando– a que nuestros coetáneos también lo hagan. Llevemos a la ética al rango de ser una obligación existencial interiorizada en nuestros actos, de manera que se encuentre ya dada antes de cualquier trato social. Hagamos de ella una actitud que no tenga que ser alcanzada, sino que ya permita que todo trato humano y global pueda darse sin violencias o asesinatos constantes. Esto es posible en el pensamiento, pero sobre todo, en nuestros actos, en el diálogo.

1. Desorientación axiológica

Los problemas que enfrentamos en la actualidad tienen su base en una desorientación axiológica. Esto quiere decir que no tenemos valores morales arraigados, que no queremos respetar a los hombres por ser hombres, sino que lo hacemos porque nos brindan algo a cambio. De hecho, la mayoría de nuestras relaciones son económicas, porque esperamos que de ellas obtengamos una remuneración. La desorientación axiológica indica que se han disuelto los códigos de diálogo entre los hombres y esto evita que podamos tener relaciones humanas sin violencia o egoísmos. Muchos autores han renunciado al intento de explicar las características primordiales del pensamiento contemporáneo (sabemos que la razón de esto se debe a la desafortunada capacidad que los historiadores han enfrentado para hacerlo), pero quizá el error primordial sea que no han caído en la cuenta de que nuestro presente exige un cambio de modelo para pensar. Ya no podemos introducir los problemas que nos rodean a un molde específico y pretender que desde allí se expliquen sus características más finas e íntimas. Nuestro tiempo exige tratarlos de forma singular, debido a que los entendemos como el resultado de las relaciones de un contexto específico y como aquello que se ejerce por individuos concretos, lo que significa que nuestros problemas no únicamente se heredan, sino que son consecuencias específicas que nos afectan de tal o cual manera.

No es extraño afirmar –en nuestro contexto intelectual– que ciertas costumbres, leyes y tradiciones que durante mucho tiempo parecían naturales (quizá por contar con el respaldo de la religión o de otras instituciones) ya no posean el mismo poder con el que contaban. Hay otros elementos que han ofrendado su aportación a estas rupturas. Entre los que podemos palpar están: la crisis de la Verdad (con mayúscula), la crisis del hombre, la muerte de Dios, la búsqueda y el ejercicio del poder; la banalización del mal, la falta de atención filosófica a las cuestiones afectivas, la sobrevaloración del dinero y de la moda, la construcción de la estética del yo, la explotación del trabajador, la indiferencia y la falta de categorías que expliquen estos fenómenos desde el contexto en el que se encuentran y sus cambios. Éstos son algunos de los elementos principales que caracterizan, a mi juicio, la crisis axiológica de la que venimos hablando.

Por todo ello, es imperativo dirigirse a las causas, para analizar fuertemente cuáles son los elementos que han determinado el momento de crisis en el que nos encontramos; al hacerlo, debemos encontrar mecanismos que valoren moralmente lo que éstos ocasionan para entonces proceder a la acción y a la práctica. ¿Por qué es necesaria una valoración moral? Porque ella evitaría cualquier esencialismo, al analizar las consecuencias de esos actos y, a su vez, propondría que el trato que se le de a los problemas tenga resonancias humanas y no meramente teóricas. La moral se ocupa del hombre en relación social con los demás.

Me parece que gran parte de los males que ocasionamos a diario provienen de la crisis axiológica en la que estamos atascados. Debemos encontrar el fundamento de esa crisis para intentar superarla, o por principio, para hacernos cargo de ella. Una de las salidas que podemos dar por el momento es reconsiderar a la axiología como la vía que nos indique el camino a recorrer, porque:</>

1. La moral es el mecanismo que nos puede ayudar para resistirnos ante la presencia del mal.
2. Sin un elemento regulatorio –como la moral– las naciones estarán obligadas a colapsar, debido a la acumulación de intereses personales y a la producción de enfrentamientos culturales, frutos de la avaricia y del deseo de acumular capital.
3. Ignorar los problemas que nos afectan conduce, necesariamente, a un colapso. Estos efectos son palpables en fenómenos como la ruina económica, el desmoronamiento social y la catástrofe política.

La pérdida de valores en la que nos encontramos, a raíz de la crítica a la sustancia y a los mecanismos de poder, está refleja en la gratuidad e insignificancia del dolor y del abuso, la renuncia a enfrentar el mal y la banalidad de sus efectos constantes, en la que el hombre contemporáneo se ha sumergido. 13] Esto nos ha llevado a perder todo tipo de valores que detengan los excesos que frecuentemente cometemos, lo que se refleja en nuestras prácticas, dominadas por la lógica de los discursos hegemónicos que las distribuyen para ser consumidas.

Este momento de crisis es la oportunidad y el reto para entrar en acción. Filosóficamente, podemos partir de lo que conocemos como un nihilismo responsable, que supone que aun cuando no haya estrategias que nos puedan ayudar a sentirnos seguros a través de un sistema de conocimiento, el hombre se ve obligado a la producción de estados sociales que sirvan para las relaciones interpersonales. Así, debemos buscar acuerdos comunes que vinculen los valores de las diferentes sociedades, acuerdos que tendrán que respetar las necesidades y los principios de cada sociedad e individuo. Estos acuerdos sólo se logran por medio del diálogo, pero en este caso, habrá que dialogar a partir de las leyes que a cada cual orienten en un entorno de respeto mutuo, donde se excluyan los abusos. La posible extinción de la especie humana tiene su origen en el hombre, pero si el hombre ha originado todos los abusos en los que nos encontramos, también él puede transformar las relaciones a través de nuevos acuerdos.

Nuestros retos son los siguientes:

El primero es global: el problema de las actitudes entre los hombres es un reto que incumbe a todas las sociedades humanas. El segundo se encuentra en el ámbito del poder: hay que demostrarle a la economía y a la política que por sí solas no pueden resolver actos de corrupción o abuso de poder, pero a su vez, hay que demostrarles que el sentido del futuro no les pertenece; el mundo es el resultado de la construcción de todos los sentidos posibles.

Es necesaria una propuesta dual, heterogénea, múltiple y fluida, es decir, que no asuma que las soluciones sólo le pertenecen a un grupo social, y en ese sentido:

a) Hay que rescatar las utopías: es necesario afirmar que es posible vivir en un mundo mejor; quitar del imaginario social y colectivo que es imposible pensar utópicamente.
b) Es necesaria una ética fundamental: requerimos fundamentar una ética preparada para enfrentar los problemas del siglo xxi, una ética que tenga la visión de sobrepasar nuestros límites territoriales, ideológicos y globales, y sobre todo, que pueda «producir» y «materializar» en medio de las instituciones aquello a lo que nos convocan sus principios.

1.1. Necesidad de diálogo

Para lograr una transformación en el pensamiento colectivo, es necesario dialogar con los demás. Dialogar no significa hablar, significa escuchar al otro, entender desde dónde me habla y respetar su posición cultural, lo que no significa respetar sus caprichos. Si no optamos por esta actitud, en realidad nuestro hablar es sólo un monólogo, o del otro lado, el que nos habla se hace escuchar a través de sus ocurrencias solipsistas. Generalmente, los hombres creen que con el solo hecho de convencer a los otros en medio de una argumentación más o menos correcta ya han hablado con ellos. Nosotros creemos que eso es un error. En el habla los hombres brindan sus pensamientos, nos dan de sí algo que no podríamos ver a simple vista. Sacan a la superficie su espiritualidad. En el diálogo estamos a disposición del otro, es antes él que nosotros, pues es aquel que no soy yo el que dispone hacia dónde va el camino. No podemos «sacar» de ellos algo que no hayan elegido conscientemente, en el diálogo estamos para escuchar. Ninguna teoría del conocimiento podría adelantarse y no equivocarse sobre el camino que tomará cualquier diálogo. Es por ello que gran parte de la epistemología occidental lo ha marginado o se ha ocupado poco de éste, pues podría venir a ser el lugar donde las teorías son más vulnerables. La filosofía occidental ha caído en los excesos que el camino del conocimiento le ha brindado, y ha desprestigiado a sus diferentes por temor a escucharlos.[14] El horizonte del conocimiento donde los hombres se han erigido como Dioses, da generalmente como resultado un deseo de apoderarse de lo que tenemos frente, de dominarlo y de anticiparse a los demás. Un diálogo verdadero afirma las diferencias cuando no introduce esta violencia, la violencia de ir siempre preparado para sacar el mayor provecho de nuestras relaciones, violencia que es sólo el resultado de nuestra dimensión ontológica en el mundo. Pero recordemos que cada uno de nosotros somos aquello que se construye viviendo, por tanto, estas formas de relacionarnos nacen y acontecen en y por nosotros. Si hemos actuado así es culpa de cada uno de los hombres que así se presenta en el mundo; no hay teoría que pueda justificarlo.

El diálogo invita a afirmar el respeto que cada singularidad exige, es decir, es el testimonio de que no hay leyes generales que puedan instituir a todas las relaciones posibles entre los diferentes hombres, sus diferentes culturas, credos o preferencias sexuales. Para dialogar hay que hacer un esfuerzo por aprender del que nos habla, de tratar de respetar sus códigos culturales sin perder los propios. En el diálogo acontece el respeto que es el espacio donde se caracteriza la distancia entre mi propio yo como sujeto y la subjetividad de aquel que no soy yo. Al respetar a los demás nos mantenemos en una relación verdadera que sólo se posibilita instantáneamente. Sólo las relaciones donde media el respeto entre los hombres son verdaderas, porque en ellas no se cosifican a los elementos que integran la relación. El respeto no es una regla que antecede a las relaciones, sino que surge en medio de la experiencia de los que están hablando para comunicarse y enseñarse algo.

1.2. Resultados del diálogo y violencia de la mentira

Aprendemos cuando escuchamos. Cuando aceptamos que aquello que proviene de fuera nos era anteriormente inalcanzable hasta que algo o alguien lo ha brindado para nosotros. El diálogo pone en el mundo el acontecimiento ético y responsable por excelencia, porque éste se encuentra en medio de lo social en el momento mismo en que ha sido expuesto. La ética sólo es necesaria en un mundo habitado por hombres. Los hombres se miran y escuchan en medio de una cultura que comparten. El diálogo testimonia los puntos en común entre los hombres, nos abre y prepara para la comunidad. En la declaración del ii Parlamento de las Religiones del Mundo, celebrado en Chicago, en 1993, Küng logró esto. Su texto «Hacia una ética mundial: Una declaración inicial», de 1993, está centrado en lo que nos permitiría hablar con los demás sin las violencias ancestrales del pensamiento hegemónico que se piensa único y central. No podrá haber diálogo entre los hombres si no poseemos una visión global de los problemas mundiales; si no estamos interesados por el bien común, ninguna ética podrá ser posible. Los valores que sustentan a la humanidad deben estar basados en consensos básicos, en puntos comunes mínimos relativos a valores que nos vinculen, a criterios que no puedan ser alterados cuando se trasponen a otra cultura, lo que nos obliga a tener ciertas actitudes morales fundamentales. Ésta es una ética que no pretende dar solución directa a los problemas mundiales, no es una preceptiva que sólo marca el camino y no se involucra con el problema; es una ética capaz de constituir una base moral que indique un mejor orden individual y global. Pero jamás sería posible si continuamos abogando por un doble discurso donde guardamos nuestras intenciones más íntimas. Si nos enfrentemos radicalmente a la instancia donde el mal aterriza en el mundo, será posible fundar acuerdos comunes que vinculen los valores de las diferentes sociedades, es decir, esto es posible cuando nos tomemos en serio las implicaciones sociales que supone la mentira entre los hombres. Muchos de los grandes males de la humanidad provienen de las mentiras que los círculos de poder preparan con anticipación. Lo más vil de la mentira es el abuso sobre aquellos que depositan su confianza en nosotros. Las mentiras de este orden –pues también existen las llamadas «altruistas»– requieren de todo un entorno donde se pueda dar el «uso» de los demás para llegar a la finalidad preestablecida. Preparar la forma a través de la cual se sacará mayor provecho del otro, no es otra cosa que el interés por sí mismo y la indiferencia para con los demás. El mentiroso es aquel que se mantiene en un solipsismo radical, el que expresa la estructura misma de la guerra. Ganar a cualquier precio, pasar por encima de aquel que se pone frente porque estorba y obstruye el camino, aun sin argumentos o razones para producir el mal, no es más que la realización del mal por el mal. La mentira trae a la humanidad estas relaciones.[15]

Lo común entre las sociedades son los derechos humanos, la libertad, la necesidad de justicia, la paz y la conservación de la tierra; no dejemos que se disuelvan en los intereses del poder gobernante.

2. El diagnóstico de Hans Küng sobre el presente

Hans Küng nos dice constantemente que el mundo agoniza, que el planeta está siendo destruido, que los hombres y las mujeres viven en un temor constante y que todo esto es terrible. Éstas son las palabras que el teólogo alemán nos brinda para ponernos a pensar. ¿Cómo lograr un cambio radical en nuestras mentalidades? Encontrando un «Mínimo común»,nos dice Küng, que es la posibilidad de dar con ciertos principios que los hombres compartimos, como nuestro bienestar, el respeto por nuestra libertad, asumir nuestra integridad, etc. La ética de la responsabilidad intenta lograr un nuevo orden mundial, lo que supone erigir acuerdos comunes que vinculen los valores de las diferentes sociedades; valores vinculantes, criterios inamovibles, actitudes personales básicas, acuerdos. Si no logramos ponernos de acuerdo, nuestras sociedades se verán amenazadas, de tal manera que un nuevo orden mundial sería imposible.

3. Sobre la necesidad y la caracterización de esos acuerdos

Estos acuerdos tendrán que respetar las necesidades y los principios de cada sociedad e individuo, de manera tal que los rasgos comunes que se encuentren no violenten las diferencias. Por el momento, podemos pensar que ciertos acuerdos son los siguientes, y lo decimos así porque de lo que se trata es de escuchar lo que los demás dicen, y con ello, agregar otros que nos convengan a todos:

a) Relaciones de interdependencia: esto significa vivir en armonía no sólo con nuestros congéneres, sino con el resto de los seres vivientes; así, aseguramos la sobrevivencia del mundo para el futuro.
b) Responsabilidad: ser responsable en todas nuestras acciones, porque de ellas se desprenden implicaciones que tienen efectos reales en los demás. Recordemos que además de que los hombres se relacionan con nosotros por nuestros actos, éstos no olvidan fácilmente, lo que indica que al perdernos la confianza, nos hemos separado de la posibilidad del diálogo.
c) Ley de Oro: no tratar a nadie como no nos gustaría que nos traten; todo ser humano debe ser tratado como tal. Debemos fomentar una cultura de la socialidad, que atiende al hecho de que no estamos solos y que dependemos de los demás.
d) Vivir para el Otro: la humanidad es nuestra familia y no sólo quienes están cerca y llevan nuestros apellidos.
e) Cultura de la no-violencia: evitar cualquier forma de dominio, de manera que busquemos un orden social y económico justo.
f) Cambio de mentalidad: cambiar nuestra forma de pensar supone transformar el mundo en el que vivimos. La ética mundial apela a TODOS sin distinción de ideologías, es decir, el intento es salvar el mundo de su destrucción y todo lo que hay aquí.
¿En qué fundamentamos estos acuerdos?
a) No es posible un nuevo orden mundial sin una ética global. Esto se fundamenta en la responsabilidad que tenemos todos para con el planeta. Aquí entramos en el plano de un cuidado ecológico, financiero e ideológico. La finalidad no es obligar jurídicamente a los hombres para que se cuiden, sino hacer ver que los principios mínimos para la sobrevivencia de los hombres deben apuntar hacia el pensamiento, no al estado de derecho. Así, la ética mundial no es una nueva ideología, tampoco una religión universal que intente unificar a los hombres, ni mucho menos la fundamentación de una religión que predomine sobre otras.
b) Todo ser humano debe recibir un trato humano. Debemos respetar la dignidad de las personas, el derecho que portan y entenderlos como hombres que pueden transformar el mundo. A esto Küng le llama «el hombre como finalidad», elemento de orden kantiano que evita éticamente utilizar al hombre como medio para obtener algo.
Vivir humanamente significa hacer el bien y evitar el mal con miras a la preservación del hombre y mejorar su calidad de vida.
b.1) La regla de oro supone: respetar la vida, ser un hombre afable y abierto, obrar con justicia y sin doblez y hablar o actuar desde la verdad y respetar y amar a todos los hombres del mundo.
c) Cambio de mentalidad. No podemos actuar con base en nuestros propios intereses, pues esto generaría conflictos con los demás; pero tampoco podemos actuar con base en rígidos y cerrados valores universales, pues incurriríamos en un moralismo absoluto, mismo que conlleva problemas mayores, ya que formaría una ética solipsista que ignora la integridad humana de los otros y que, por ser abstracta, se olvida de problemas concretos como la economía, la política, la ciencia, la religión, la tradición, etc.

Para realizar estos acuerdos comunes es necesario encontrar principios éticos fundamentales que no estén arraigados a una corriente de pensamiento o a una cultura concreta. Esos principios son los siguientes:

  1. La responsabilidad: supone la necesidad de una ética mundial. Supone un saber orientativo que nos capacite adecuadamente para actuar con nuestros semejantes. Supone consensos mínimos que descubran acuerdos respecto de los diferentes valores, normas y actitudes para una convivencia digna. Supone que los otros puedan elegir libremente valores, normas y actitudes. Supone responsabilizarse de la comunidad mundial en vistas al futuro, evitando decisiones que puedan afectar la existencia del hombre concreto. Supone pensar al hombre como finalidad, es decir, como aquel que transforma, no como medio, es decir, como lo que es transformado.
  2.  Diálogo.
  3.  Vinculaciones trasnacionales y transculturales.
  4. Respeto por la naturaleza.
  5. El hombre es quien actúa éticamente.
  6.  El hombre es sujeto y no objeto. Esto indica que el hombre no puede ser categorizado o definido como una piedra o una mesa. Es fin y no medio.
  7.  La salvación del hombre vendrá del hombre mismo.

4. Comentarios sobre una ética preparada para nuestro tiempo

La finalidad de este texto es ubicar en islotes las ideas principales del pensamiento de Hans Küng, con el fin de tener claro en qué consiste su propuesta. Los comentarios que se han incluido en lo sucesivo son puntos de convergencia entre el pensamiento de Küng y el mío, y a su vez, una exposición de los puntos fundamentales que nos pueden ayudar para realizar una ética mundial.

He escrito en otra parte[16] que es necesario desnudar al pensamiento para lograr comenzar desde ceros, es decir, donde no estemos interferidos por precondiciones o prejuicios que nos obliguen a odiar a los demás. La desnudez del pensamiento intenta destruir los intereses egoístas que han interiorizado los hombres, para que a partir de allí las relaciones entre ellos no se encuentren atrapadas en daños y mentiras.

Hay que destacar que el poder se encuentra en grupos muy reducidos, es sólo el 1% quien tiene el poder. Por eso es que hay que llegar a aquellos que lo tienen para intentar transformar su pensamiento, sea desde la Religión, la Ciencia, la Política o la Economía, es decir, habrá que crear programas que analicen cuáles han sido los daños que el poder excesivo ha puesto entre los hombres. Es necesario llevar la ética de la responsabilidad a un entorno que esté fuera de los libros, que no se quede en una mera prescripción erudita que sólo pertenezca a un círculo reducido de la sociedad. Es necesario intentar un contacto primario con los empresarios, con los políticos, con las iglesias y con todos aquellos que ejecutan poder en sitios concretos. De nosotros depende que el pensamiento no se limite a meras relaciones académicas ni teóricas, sino que se aplique a una realidad concreta que es el mundo. Es necesario ir hacia la causa real: la subyugación y el esclavismo que existen en el mundo, para ello se propone un diálogo entre las diferentes clases sociales. ¿Qué responsabilidad tienen los grupos de control? Esto lo tenemos que analizar para ponerlo frente a ellos, para comenzar a hacerlos reflexionar. La ética de la responsabilidad no intenta incluirse al imaginario individual o colectivo como una teoría, intenta transformar el pensamiento de los hombres con el fin de ser practicada. La ética de la responsabilidad incita a pensar para actuar.
Aquí no sólo se incita a la interacción con los hombres, sino con todo lo que nos rodea. El hombre depende del mundo, en el sentido que necesita comer, respirar, caminar, moverse. La ética de la responsabilidad toma como fundamento la responsabilidad, no el amor, pues el amor es algo que damos después, mientras que la responsabilidad es algo anterior a todos nuestros actos.
La redacción de este pequeño ensayo tiene la finalidad de lograr el dominio de las ideas clave de Hans Küng, es decir, que está escrito de manera fluida con el fin de que se pueda platicar de esto con cualquier persona. Todas las afirmaciones que aparecen en el texto se encuentran en el pensamiento de Hans Küng. La propuesta de este pensador consiste en la búsqueda de un cambio de mentalidad entre los hombres, con el fin de evitar guerras, miserias y figuras que continúen abusando de su poder sobre los que más carecen. Para lograr un cambio como éste, habrá que encontrar fundamentos mínimos que compartan las diferentes sociedades, religiones, personas, etc., y entonces partir a relaciones más amplias, donde haya acuerdos que eviten la violencia entre los hombres. El mundo está en crisis, y voltear la mirada hacia otra parte con el fin de ignorar lo que acontece no es una actitud responsable ante el mundo. La responsabilidad sugiere hacerse cargo de lo que pasa en nuestro derredor respetando la perspectiva del otro y pensando en que todo lo que hacemos trae consecuencias a futuro, es decir, debemos buscar que las sociedades puedan progresar moralmente, instaurar el bienestar como condición de toda relación posible.

El egoísmo de los hombres que ha administrado mal los bienes de las sociedades en las que se encuentran, nos llevará a un inminente desplome de la tierra, a un caos, fruto de su individualismo. Si continuamos pensando en nosotros mismos, la desesperación de los que tienen menos y que buscan medios para sobrevivir se levantará en medio de asesinatos, traiciones, robos y daños constantes, haciendo del mundo un lugar inhabitable. Nuestro problema –nos dice Küng– es la posible extinción de la especie humana, fruto de la desorientación axiológica que vivimos. La paradoja es que el mismo hombre ha originado este descontento. Así, el reto que enfrenta el pensamiento de Küng es global y por ello plantea como necesaria una transformación de la mentalidad de los hombres. Hay que ser conscientes de que ni la economía ni la política pueden por sí solas resolver los actos de corrupción y abuso de poder entre los hombres. Ser mejores es un ejercicio que nos compete a todos. Por todo esto es que las empresas, los políticos, las religiones y todos aquellos que ejercen el poder, deben prestar atención a los movimientos que incitan al respeto mutuo, ello les llevará a pensar de manera distinta y actuar conforme a lo que el hombre merece. Antes de seguir pensando que el hombre es un medio para lograr un dominio técnico, habrá que reconocerlo como aquello que le da sentido al mundo; el hombre es el fin mismo de su entorno.
Para lograr esto es necesario recuperar el sentido mismo de las utopías y patentar el rescate de una ética preparada para el siglo xxi, que se ponga de frente al problema del mal. Hay que divulgar y promocionar los valores de la sociedad actual, que únicamente es posible mostrando puntos de comunión entre los diferentes actores de toda sociedad. El planeta es destruido por los hombres, la sociedad teme y vivir así es terrible, nos dice Küng. Por eso es necesario llegar a un nuevo orden mundial, y la ética de la responsabilidad intenta hacerlo a partir de la posibilidad de erigir acuerdos a través del diálogo y el respeto mutuo. Los valores vinculantes, criterios inamovibles, reconocimiento de actitudes básicas, son los fundamentos que pueden erigir la pretensión de Küng, ya que estos acuerdos tendrán que respetar las necesidades y los principios de cada sociedad e individuo. La ética de la responsabilidad busca acuerdos fundamentales que respeten las diferencias, lo que supone avanzar hacia una nueva dimensión de lo humano, es decir, implica reconocernos más humanos que nunca. La finalidad es encontrar momentos mediados por la jurisdicción –y no fundados en ella– donde las relaciones éticas no se encuentren alienadas por reglas, sino que se vean como modos de actuar antes que como simples imposiciones.

Es necesario ser responsables, si no queremos que el mundo entre en un declive que ya no tendrá salvación, todo esto supone lo siguiente:

  1.  Que es necesaria una ética mundial basada en el respeto mutuo, en la responsabilidad y en la desinstitucionalización de nuestro pensamiento.
  2. Que los acuerdos comunes sustentados en el diálogo y en el respeto funcionen como un saber orientativo que nos permita capacitarnos adecuadamente para aplicar la responsabilidad en nuestros actos. No es utópico asumir una ética de este calibre, pues en realidad estamos analizando esto a nivel de las actitudes de los hombres concretos, y si fuera una utopía pensar que los hombres podemos sentarnos a discurrir sobre temas de importancia para llegar a acuerdos, no hay ningún problema con ello, aun las utopías se equivocan.
  3. Partir de principios mínimos nos abre un horizonte de diálogo que no irrumpe con la libertad de elección.
  4. La responsabilidad con el otro, con el futuro y con el mundo es actuar más allá de todo acto inmediato, es decir, es realmente actuar.
  5. El hombre no es un medio, es un fin, es decir, que si ha podido originar tantos males en el mundo, puede, a su vez, originar bienestar y salud social.

[1] Hay ciertos estudios sociológicos que prefieren señalar estadísticamente el problema, cosa que podría servirnos para enterar a los otros de lo que está pasando a nuestro derredor, pero eso no nos interesa realizar en este pequeño ensayo. Lo que nos proponemos es poner las bases, junto al pensamiento de Hans Küng, para llegar a soluciones concretas que puedan ponerse en práctica en nuestras relaciones sociales. Nos importa llegar a acuerdos plausibles y a intentar resolver nuestros problemas diarios. Véanse los siguientes libros del autor que inspiró en gran parte estas líneas: Proyecto de una ética mundial, España, Trotta, 1990; Una ética mundial para la economía y la política, México, FCE, 2000, y En busca de nuestras huellas. La dimensión espiritual de las religiones del mundo, España, Círculo de lectores, 1999. Todos, libros de Hans Küng.
[2]La necesidad de llegar a acuerdos concretos no responde al campo de una retórica cualquiera, veremos en lo siguiente que es imperativo llevar nuestros intentos literarios a su realización práctica.
[3]Véase de Claudia Koonz, La conciencia Nazi. La formación del fundamentalismo étnico del Tercer Reich, España, Paidós, 2003, y de Primo Levi, Trilogía de Auschwitz, México, Océano, 2005; también de Enrique Padilla Aragón, Pobreza para muchos y riqueza para pocos, México, El día, 1982, o el excelente texto de Irving Wohlfarth, La especie humana puesta a prueba en los campos. Reflexiones sobre Robert Antelme, México, UNAM, 2002.
[4]Los análisis políticos nos han revelado constantemente una lógica del doble discurso, eso es algo que debemos tomar en cuenta, pero que no debe dominar nuestras relaciones. Si se me permite, hago alusión a uno de mis textos, Pensamiento y mesura, donde examino la cuestión de la creación de predisposiciones negativas en relación con el trato interpersonal, esas imágenes pueden ser superadas si nos lo permitimos hacer, o si damos espacio para que entren elementos que combatan a nuestros prejuicios. Arreglar nuestros prejuicios, llevarlo hacia la claridad de la conciencia, nos ayudará para saber de qué manera pensamos cuando estamos pensando y de qué manera nos acercamos al mundo.
[5]Recordemos la lección que Maurice Blanchot nos dejó para pensar Auschwitz: es necesario pensar a diario el daño y la denigración que los hombres se han administrado. Véase al respecto el artículo de Antoni Mora, «Los hombres destruidos, la escritura del desastre (El “después de Auschwitz” de Maurice Blanchot)», publicado en la revista Espinosa, No. 4 (2003), pp. 17-34.
[6]Escribir no significa justificar, como se ha creído desde la dialéctica hegeliana, escribir significa vigilar, como nos dice Giorgio Agamben después del acontecimiento de Auschwitz; es el proceso donde un autor muestra que es libre para diagnosticar los problemas que se le presentan. Escribir es una cuestión política que lleva nuestro nombre y con ello, nuestras preocupaciones; no es una entidad que se mantiene en los cielos y que baja para el hombre, para consolidarse como real; en la escritura van puestas nuestras peripecias.
[7]Sabemos bien la posición del pensamiento contemporáneo respecto de la cuestión de la verdad y el poder. No hemos profundizado en ello porque hay mucho escrito al respecto, pero podemos hacer alusión a los siguientes textos: William Kornhauser, Aspectos políticos de la sociedad de masas, Argentina, Amorrotu, 1969; Otto Pöggeler, Filosofía y Política en Martin Heidegger, México, Ediciones Coyoacán, 1999; Leszek Kolakowski, Libertad, fortuna, mentira y traición. Ensayos sobre la vida cotidiana, España, Paidós, 2001. Nos interesa en especial en esos textos la relación entre la verdad de las disciplinas y el poder, sea en sus efectos por medio de la palabra o por la adhesión a ciertos horizontes políticos.
[8]«La muerte de Dios […] es un suceso universal que afecta a toda la historia de la humanidad. Es un acontecimeinto en el que Dios muere confundiéndose con el hombre, dejando a éste para siempre sin Dios y dotado de una libertad completamente nueva […] El ateísmo de Nietzsche vence a Dios mismo, quedando la antigua verdad convertida en anacronismo […] Donde desaparece Dios, está claro que Dios pierde su poder de salvación […] El hombre autónomo que sólo sabe ser autónomo, se convierte ahora en blanco de todas las objeciones. Él carga con el peso del mal y soporta el pecado del mundo […] Todo está en manos del hombre. Dios, por orden del hombre, lo ha abandonado», Ramón Kuri, ¿Por qué hay mal y no preferiblemente bien?,México, Ediciones Coyoacán, 2005, pp. 65-66.
[9]En adelante veremos la propuesta fundamental de Hans Küng respecto del fenómeno que hará posible la introducción de una ética mundial. La revalorización de la utopía es aquello que nos permitirá poner el campo donde la ética pueda entrar para quedarse entre nosotros. Veremos que es la desesperanza y el olvido de nuestras huellas humanas lo que nos ha alejado del respeto por lo que a muchos conviene que siga pareciendo imposible. Recuperar la utopía muestra, desde nuestro punto de vista, eso que ayudó al anarquismo a soltar sus amarres para con el Estado, es decir, ¡ser realistas cuando se pide lo imposible!
[10]Respecto de un análisis del discurso y de las formaciones discursivas del capital, véase de Michel Foucault, Microfísica del poder, especialmente el capítulo «Más allá del Bien y del Mal», donde analiza las formas de represión y los elementos que las componen como cuadriculaciones ocultas al servicio de una institución específica: la Universidad, la Policía, los Programas Televisivos, las Editoriales, etc.
[11]Véase de Martín Heidegger, Interpretaciones fenomenológicas sobre Aristóteles (Indicación de la situación hermenéutica), España, Trotta, 2002, y de José Ortega y Gasset, El espectador, Tomo I, II, IV y V, España, Espasa-Calpe, 1966-1980. Especialmente véase en los dos filósofos sus análisis sobre el objeto de la filosofía, la atención del filósofo para escuchar atentamente a la realidad y su responsabilidad panorámica para con su presente.
[12]«El descubrimiento de unos derechos que, a título de derechos humanos, se asignan al hecho mismo de ser hombre, independientemente de cualidades tales como el rango social, la fuerza física, intelectual o moral, las virtudes y talentos por los que los hombres difieren unos de otros, y la elevación de esos derechos al rango de principios fundamentales de la legislación y del orden social, señala sin duda un momento esencial en la conciencia occidental», Emmanuel Lévinas, «Derechos humanos y buena voluntad», en Entre nosotros. Ensayos para pensar en otro, España, Pre-textos, 2001, p. 243.
[13]Véase «Banalidad del mal o racionalización de la irracionalidad», en Ramón Kuri, La indiferencia, México, Ediciones Coyoacán, 2003.

[14]Recordemos a los bárbaros para Aristóteles, a los iberoamericanos para Hegel, a los no-arios para Heidegger, a los herejes para los cristianos, los anormales para la clínica, la figura de la mujer como sexo débil, etc.
[15]Véase mi libro Los hombre y el problema de la mentira. Reconsideración de las máscaras y los hechizos de Occidente, México, Hombre y Mundo, 2006.
[16]En Pensamiento y mesura. Ensayo sobre la relación con el todo, México, Porrúa, 2006,y Los hombres y el problema de la mentira, México, Hombre y mundo, 2006.

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